miércoles, 17 de noviembre de 2010

La Alta Edad Media, de Isaac Asimov


Titular un ensayo sobre la Alta Edad Media como The Dark Ages (1968) ya nos da una idea sobre la visión de Asimov respecto a este período convulso de la historia política de Occidente. Tal vez sea oscuro por cuanto no abundan las fuentes literarias y las que hay cuentan una historia esencialmente bélica desde la perspectiva del vencedor, como suele ser; o porque comparado con el esplendor del Imperio romano, económica y culturalmente, esta época que va desde la caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.) hasta la fundación del Sacro Imperio Romano en 962 (cuando Otón I se convierte en emperador) es bastante "pobre", y así se ha transmitido siempre por parte de la historiografía.
Ésta es la continuación de El imperio Romano, que ya hemos comentado en este blog, y es un libro muy entretenido puesto que me interesaba un período del que se me escapan muchos de sus datos históricos. Se trata de una importante aunque "turbia" etapa en la que se ponen los cimientos de entidades políticas actuales tan importantes como Francia y Alemania. Pues realmente, aunque con breves incursiones en la historia del imperio bizantino (sobre todo la época de Justiniano y Belisario) y algunas pinceladas sobre lo que está pasando en la península ibérica, el libro se centra en dos ejes fundamentales: la fundación del reino franco y su recorrido dinástico (merovingio, carolingio) y territorial (con las diferentes particiones del reino que a la postre nos llevarán al gérmen de Francia y Alemania); y lo que está pasando en Italia: reino ostrogodo, ocupación bizantina, reino lombardo, el poder del Papado en Roma y sus relaciones con el reino o reinos francos, etc.
Comienza con una introducción sobre los pueblos germánicos y su papel en la caída del imperio romano de Occidente, para después centrarse en los reinos germánicos que se fundan sobre el desintegrado imperio occidental: visigodo (España), vándalo (norte de África), ostrogodo (Italia), franco (norte de Francia).
La narración es fluida y se desarrolla siguiendo el mismo patrón que en la etapa anterior, es decir, describiendo la evolución política de cada reino a través de sus diferentes reyes. Una historia política muy "fáctica" pero que permite seguir fácilmente el hilo de la primitiva historia de estos reinos, y no es fácil cuando empiezan a mezclarse nombres y más nombres.
En la historiografía clásica española se ha enfatizado siempre la implantación del reino visigodo en Hispania (s. V d.C.) como gérmen de una estructura "nacional" luego destruida por la invasión musulmana. Sin embargo, los visigodos fueron una aristocracia guerrera que tomó el poder en Hispania y se sirvió de la estructura administrativa romana pero que a duras penas pudo ejercer un control efectivo sobre toda la península ibérica (recordemos a los suevos en el noroeste, vascos en el norte, vándalos en el sur, y luego bizantinos en el sureste hasta el 625 d.C.). Con la caída del imperio romano de Occidente, la población hispanorromana pasó a estar gobernada por una casta guerrera germánica con la que poco tenía que ver (incluso religiosamente, puesto que los visigodos eran arrianos), así que es fácil entender como un pequeño contingente musulmán pudo acabar en poco tiempo con todo un reino, simplemente una débil aristocracia guerrera fue sustituida por otra mucho más fuerte.
Comenta Asimov que cuando los visigodos se convirtieron al catolicismo, los reyes debían demostrar su ortodoxia siguiendo una acción firme contra los no católicos, pero sus víctimas no fueron los arrianos, curiosamente, sino los judíos, sobre los que se descargó el peso de la represión religiosa.
La mayor parte del libro se centra en la historia de los francos puesto que, y es un hecho crucial, el rey franco Clodoveo se convirtió al cristianismo católico en el año 496, ya que de esta manera "fueron los francos católicos, y no los godos arrianos, quienes se constituyeron en los reales herederos del Imperio de Occidente". Fue una medida astuta desde el punto de vista político porque en cualquier guerra que los francos emprendieran contra otros grupos de germanos, las simpatías de la población romanizada y del Papado de Roma, estarían de parte de los francos.
Curiosamente Clodoveo hizo editar en latín el código de leyes franco, que se llama, por el nombre tribal de Clodoveo, la Ley Sálica. En este código se menciona que las mujeres no podían heredar tierras y de ahí se derivó una interpretación sobre la imposibilidad de ser reinas.
Después de Clodoveo, la atención de Asimov se centra en la dinastía carolingia fundada por Pipino el Breve, quien al ser coronado rey de los francos por el Papa reconoció el derecho de éste a decir quién era legítimo y quién no lo era (la legitimidad es lo que reclamaba Pipino), y esta cuestión se convirtió en una larga disputa sobre la supremacía del Papa o de los reyes a lo largo de la Edad Media. Además Pipino cometió el error de entregar al Papa el territorio del antiguo Exarcado de Rávena (incluida Roma), de manera que el Papa se convirtió en un gobernante temporal, un gobernante de tierras (que se convertirían en los Estados Pontificios). Ésta es la famosa "donación de Pipino".
Cuando la narración se centra en la figura de Carlomagno, quien recupera el viejo título perdido de emperador romano (coronado por el Papa en la navidad del año 800), el relato se ilumina, como el propio reinado. Carlomagno nunca se llamó a sí mismo "emperador romano" porque ya había uno en Constantinopla, sino "Emperador, rey de los Francos y los Lombardos".
A la muerte de Carlomagno, la costumbre tradicional de los francos era dividir el reino entre los hijos del rey, y así se hizo de manera continua, por lo que un reino franco unido acabó por despedazarse paulatinamente: "el reino franco oriental" (Austrasia) sería el gérmen de Alemania, mientras que "el reino franco occidental" (Neustria, Aquitania) lo sería de Francia; a sí mismo, el norte de Italia, también posesión franca, seguiría una fragmentanción territorial mucho mayor. La franja intermedia entre las dos mitades del reino franco se convirtió en la Lotaringia, o reino de Lotario, Lorena para los franceses, un territorio intermedio que sería codiciado tanto por francos del este como del oeste (reclamación territorial que llega a las puertas de la I Guerra Mundial entre Francia y Alemania).
En definitiva, un libro muy interesante, que no se hace pesado si te gusta la historia política de los primeros siglos "oscuros", una historia convulsa (no sé cuántos asesinatos se llegan a mencionar) pero fundamental para entender mejor la negra historia de Occidente. Que lo disfrutes.

jueves, 28 de octubre de 2010

Armas de Grecia y Roma, de Fernando Quesada


De Fernando Quesada (Madrid, 1962), profesor Titular de Arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid, había leído ya hace muchos años, cuando estudiaba la carrera, Arma y símbolo: La falcata ibérica (1992), y recuerdo que me gustó aunque pensaba que me resultaría muy árido leer un libro dedicado a un tipo de espada, pensé: "menudo ladrillo de libro me espera". Sin embargo descubrí a un historiador que tenía el don, porque no todos los historiadores lo tienen, de hacer lo complejo sencillo y de saber contar la historia de forma amena e instructiva. Es lo que yo llamo un divulgador, alguien que es capaz de hacer llegar al gran público aquello a lo que ha dedicado tantos años de investigación de manera que, despojando la narración de la pomposidad y erudición innecesarias y de la carga pesada de un aparato crítico que te rompe continuamente el ritmo de lectura y que muchas veces no aporta nada, hiciera cualquier tema atractivo para el lector sin tener que demostrar continuamente lo mucho que se domina. Cuando leí a Asimov también encontré en él aquellas cualidades tan difíciles de conseguir que Fernando Quesada sin duda posee. Además el propio autor lo deja claro en la introducción: "El propósito de una obra pensada para su difusión general entre un público amplio no es abrumar con erudición; cada estilo tiene su lugar."
Armas de Grecia y Roma (2008) es un libro de lujo, no solo por su cuidada edición y por los dibujos que acompañan al texto, espléndidos, sino porque es un libro que te cuenta la historia de las armas que se utilizaron en la Antigüedad con una simplicidad que te emociona. Me ha encantado este libro porque es una investigación rigurosa (véase la extensa bibliografía al final) articulada en breves capítulos concisos y claros que ponen los puntos sobre las íes en este tema tan especializado como es el de la historia militar (que tan en boga está hoy en día); me ha encantado porque la rigurosidad, aunque sea una obviedad, no desplaza a la sencillez narrativa, a la claridad y precisión de las palabras, en fin, a la historia escrita sin adornos. Pero escribir las cosas de manera fácil en realidad es difícil.
Fernando Quesada es un profundo conocedor del armamento antiguo y de la forma de hacer la guerra en la Antigüedad. Es su manera de estudiar las sociedades antiguas y es evidente que para conocerlas hay que entender cómo y por qué hacían la guerra. Desde el soldado hoplita hasta el legionario romano del Bajo Imperio, asistimos a una variada exposición de las formas de combate bélico; de las diferentes armas que se utilizaban (características, evolución formal, uso, etc.): grebas, honda, lanza, pica, ballesta, pilum, gladius, escudo, casco, cotas de malla, etc.; al relato de algunas batallas célebres: Termópilas (por cierto, menciona la novela Puertas de fuego de Steven Pressfield como una excelente recreación de la batalla), Esfacteria, Gránico, Zama, el desastre de Teotoburgo, hasta llegar al saqueo de Roma por el visigodo Alarico en 410 d.C. Pero en su viaje también tiene tiempo para pararse y contarnos cómo vivían los soldados mercenarios, cómo era la guerra biológica, la guerra en el mar, las minas terrestres, las enseñas militares, las armas de los gladiadores, el bocado del caballo, los estribos o el fuego griego. Aunque resalto el valor que un arqueólogo e historiador da al re-enactment, es decir a la recreación histórica en vivo de las actividades de los ejércitos de la Antigüedad, moda que proviene del mundo anglosajón (donde desde hace décadas hay asociaciones que se visten como legionarios romanos con una fidelidad histórica encomiable), y que en España ha comenzado por las guerras napoleónicas. No es solo una curiosidad, es arqueología experimental puesto que ahora se puede demostrar que el pilum romano no se diseñó para que la parte metálica se partiera después de ser lanzado, o que la caballería de la Antigüedad, aunque sin estribos, podía cargar sin problemas sin que el jinete saliera despedido de la silla siempre que se utilizara la lanza correctamente.
Aunque caro (la edición justifica el precio), es un libro imprescindible para conocer mejor la guerra en el mundo antiguo. Así que, no tardaré en leer Armas de la antigua Iberia, que salió hace poco. Disfrútenlo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El monasterio maldito, de Robert Van Gulik


Pese a que el anterior libro que leí de Robert Van Gulik (que falleció en 1967), sinólogo y estudioso de las culturas china y japonesa, no me dejó buen sabor de boca, cuya reseña podéis encontrar en este blog, ahora comento la segunda entrega de las pesquisas de un magistrado chino del siglo VII d.C., el juez Di, personaje histórico que protagonizó algunos casos famosos que luego fueron recogidos en una novela del siglo XVII, de la que Van Gulik bebe para construir sus novelas. En El monasterio maldito (1959), enmarcado en la etapa en la que el juez Di es magistrado de la ciudad de Han-yan (666 d.C.), Van Gulik nos presenta un caso que en realidad son tres entrelazados: una fuerte tormenta obliga al juez Di y a sus tres esposas y criados a pasar la noche en un monasterio taoísta conocido como Nubes Matinales. Desde el mismo momento de su llegada empiezan a ocurrir cosas extrañas y sin apenas solución de continuidad el juez Di comienza a investigar, con ayuda de su criado y antiguo ladrón y falsificador Tao Gan, algunos de los misterios que envuelven al monasterio: el caso del rector embalsamado, el caso de la novicia piadosa y el caso del monje corpulento. El final nos llevará a una resolución inesperada, como suele ser habitual si el lector llega a sorprenderse por la identidad del asesino.
Sin apenas descanso, para el juez y para el lector, las escenas se van sucediendo con algo de desconcierto que ya me provocó la primera entrega, no sé si por mi poca familiaridad con los personajes y sus nombres chinos, mea culpa, o por una trama que a veces parece dar la sensación, no sé si buscada o no, de caótica. Lo cierto es que esta segunda novela vuelve a dejarme un mal sabor de boca. Y no es que le falten ingredientes: la combinación de crimen y misterio con la historia suele dar interesantes resultados (véase El nombre de la rosa, la serie de Falco en la antigua Roma, etc., etc.), y Van Gulik escribe mucho antes que muchos de los actuales best-sellers de este género tan atractivo para mí. Por otro lado, el personaje del juez Di representa la luz en un mundo oscuro de corrupción y asesinatos en la China del siglo VII d.C. El juez es siempre una persona recta, justa y equilibrada, sin apenas fallas en su comportamiento, devoto de sus tres esposas, un ciudadano que hace uso justo de sus competencias como magistrado (entre ellas las de resolver los casos de desapariciones o asesinatos ocurridos en su provincia), sin abusar de ellas. Un fiel cumplidor de la ley, a la cual nadie puede escapar, ya sea rico e importante o pobre, y mucho menos el asesino, quien manifiesta a Di:
"Tú has aprendido una valiosa lección: las leyes han sido hechas para el hombre común y corriente, pero no para personas eminentes. Yo pertenezco al selecto grupo de elegidos que, por su superior conocimiento o talento, están por encima de la ley".
Es también un acérrimo seguidor del confucianismo, algo que deja patente cuando emite algunos comentarios negativos hacia el taoísmo y el budismo, que conforman las tres religiones predominantes de la China de la época:
"Yo me quedo con la sabiduría práctica de Confucio, que nos enseña nuestras sencillas obligaciones cotidianas para con la sociedad y sus integrantes, y que nos enseña a pagar la bondad con la bondad, y la maldad con la justicia."
La serie del juez Di abarca bastantes títulos, e incluso un escritor francés ha retomado las aventuras del juez Di con nuevos casos. No está mal escrita pero si la segunda entrega vuelve a dejarme sensaciones amargas...

lunes, 30 de agosto de 2010

El asedio, de Arturo Pérez-Reverte


Pese a leer casi todo lo que este magnífico escritor ha creado, curiosamente desde que empecé con este blog no había reseñado nada de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). Ahora relleno ese hueco. Un blog literario no podía olvidarse de uno de los escritores más prestigiosos y afamados de las letras castellanas. Buena parte de su obra podría encuadrarse en el género de la novela histórica de época moderna o contemporánea (la saga de Alatriste es sin duda una de las joyas de la literatura contemporánea), en el que es ya un auténtico experto. "El asedio" (2010) cierra una trilogía (junto con "Cabo Trafalgar" y "Un día de cólera") dedicada a uno de los períodos más interesantes de la historia de España, el de la guerra contra Inglaterra, la guerra de independencia (1808-1814), la revolución liberal, la Constitución de Cádiz, etc. Un momento clave en el que la historia de España podría haber sido distinta de lo que finalmente fue. Este conjunto de novelas constituyen la visión particular de Pérez-Reverte de los momentos clave (o no tanto) de ese período: la derrota de Trafalgar, el 2 de mayo, el asedio de Cádiz. Es su homenaje a aquellos que, sin saberlo, estuvieron en los episodios que después otros, como Benito Pérez Galdós, han convertido en símbolos de la historia reciente de España.
El asedio es una novela magnífica. No por lo que tiene de encuadre histórico (estamos en 1811, durante el asedio francés a la ciudad en la que las Cortes están "pariendo" la Constitución, la "Pepa"), en eso Reverte no deja muchos cabos sueltos, sino porque a veces lo más difícil es hacer que los personajes sean creíbles, que nosotros como lectores sintamos que efectivamente esas personas pensaban y actuaban así y que no podía ser de otra manera. Eso es tan difícil de conseguir que muchas novelas históricas fracasan porque rebosan erudición pero no tienen alma.
Cádiz como escenario, como un tablero de ajedrez, comparación a la que el escritor recurre constantemente, reúne a diferentes tipos de personajes que se entrelazan para crear un círculo que se cierra al final de forma casi perfecta (lo de casi lo digo porque el final es tiene puntos amargos). El comisario Rogelio Tizón, corrupto, pero no más que muchos de su época, acostumbrado a las viejas maneras de hacer las cosas, obsesionado con un asesino que mata mujeres jóvenes en sincronía con las bombas francesas que caen sobre la ciudad. Un juego macabro de difícil solución para el comisario que le lleva a estar perdido sin ninguna pista a la que agarrarse mas que conjeturas. Al otro lado de la bahía, un artillero francés, Simón Desfosseux, perfeccionista, también con su propia obsesión: conseguir que las bombas lleguen lo más lejos posible y que exploten. Su problema son las distancias, los ángulos, el viento, y todo aquello que pueda influir en el alcance del proyectil. Sin saberlo, también se verá envuelto en la trama criminal. Por otro lado, el taxidermista Gregorio Fumagal, espía para los franceses porque Francia significa la libertad y el fin de los males que aquejan a España, la ociosa aristocracia y el pérfido clero.
Por otro lado, el mundo del comerico marítimo, a la que Cádiz debe su prosperidad, lo representa Lolita Palma, una joven solterona que lleva con inteligencia y prudencia el negocio heredado de su padre. Su mundo se altera cuando se encuentra con el capitán Pepe Lobo, que trabajará para ella como corsario al mando de la balandra Culebra. Es Pepe Lobo un personaje muy "revertiano", si se me permite el calificativo. Un marino por obligación, solitario, hastiado de tantas cosas, poco dado a la chulería y el pavoneo de muchos militares españoles, que frecuentan las tabernas de Cádiz pero que no asoman la cabeza donde hay disparos. Es un hombre valiente con un punto de héroe cansado y lleno de amargura, que no duda en arriesgar su vida donde es casi imposible salvarla, alguien que se viste por los pies, como le gusta a Pérez-Reverte.
Otros personajes secundarios (Hipólito Barrull, Felipe Mojarra, Ricardo Maraña, etc.) completan un cuadro en el que Cádiz es testigo de muchos cambios políticos y económicos que están por venir, y que harán que después de la guerra España quede sumida en la pobreza, la ruina y el atraso.
Esta novela compedia historia, misterio, crónica social y política de una época señalada en los libros, y deja una sensación de que a veces no necesitamos a franceses o ingleses para "jodernos" a nosotros mismos. Los españoles somos así, la cagamos cuando luchamos y nos dejamos la sangre por un rey ignorante y traicionero (Fernando VII) que lo único que quería era volver al obsoleto absolutismo.
No faltan, para ir acabando, algunas de las perlas que Reverte suele dedicar a franceses o a nuestros "aliados" ingleses en la guerra. Esto dice uno de los españoles de los arrogantes ingleses:
"Acosando a la Regencia y a las Cortes para que levanten todas las restricciones a su libre comercio con América. Buscando su avío, como suelen, y fieles a su política de no consentir nunca un buen gobierno en ningún lugar de Europa..."
Magistral. De todas formas, hay para todos: los españoles son unos indisciplinados, aunque se baten con crueldad cuando hace falta ("Es que nadie se pone de acuerdo y cada uno va por su lado"); en lo político dice: "con Constitución o sin ella, el español seguirá siendo un cautivo degradado, desprovisto de alma, razón y virtud, a quien sus inhumanos carceleros jamás permiten ver la luz".
Por último, el comisario, a las puertas de una nueva época, reflexiona para sus adentros:
"Rogelio Tizón... sabe que con franceses o sin ellos, con reyes absolutos, con soberanía nacional o con Pepa la cantaora sentada en San Felipe Neri, cualquiera que mande en España, como en todas partes, seguirá necesitando cárceles y policías".

jueves, 12 de agosto de 2010

Trece salvas de honor, de Patrick O'Brian


La entrega número trece de las aventuras de Aubrey y Maturin se titula "Trece salvas de honor" (1989), y es una novela con muchos de los ingredientes de anteriores libros pero con algunas diferencias. Me explico. Los lugares comunes siguen estando presentes: la minuciosa descripción de la vida en un barco de guerra de la Armada inglesa durante las guerras napoleónicas, que incluye una utilización exhaustiva de términos marinos, como no podía ser de otra forma, aunque reconozco que después de 13 entregas todavía me resulta difícil (o muy difícil) identificar los diferentes tipos de velas, los palos, las cuerdas, etc., etc., que las juanetes y las sobrejuanetes sé que son velas pequeñas que se encuentran en la parte alta del velamen del barco, pero poco más. De todas formas, la culpa es mía, porque cada libro incluye un glosario de términos marinos y alguna vez le he echado una ojeada. Como ya dije en una anterior reseña, es muy útil conocer las partes de un barco para entender mejor la vida marinera pero creo que no es imprescindible. Me encantan estas novelas de las guerras napoleónicas ambientadas en el mar pero no por ello se exige ser un experto marino para disfrutar de ellas.
Los otros ingredientes indispensables son esa fascinación de Maturin por conocer fauna y flora de los lugares que descubre, habitual entre los naturalistas de finales del XVIII y del XIX, y por otro lado los episodios de espionaje que jalonan esta entrega.
En este libro, Aubrey es rehabilitado como capitán de la Armada y recibe inmediatamente una misión: llevar en la Diane (abandona momentáneamente su querida Surprise), un barco francés que él mismo había capturado, una misión diplomática para negociar con el sultán de Pulo Prabang, en Malasia, un contrato comercial con la Compañía de Indias. También los franceses por su parte intentan lo mismo, y entre la misión francesa van dos espías de nacionalidad inglesa que trabajan para los franceses, y a los que Maturin odia especialmente. El viaje a Malasia ocupa buena parte de la novela aunque son los capítulos finales los más interesantes: los movimientos diplomáticos para convencer al sultán, las reuniones entre Maturin y el naturalista holandés Van Buren, con el que diseccionará algún que otro bazo (humano), la excursión de Maturin al templo de Kumai y el descubrimiento de animales que le fascinan, especialmente el orangután; la sutil manera de trabajar de Maturin, un nacionalista irlandés, el mejor cirujano de la Armada, un espía accidental, un defensor de la independencia de Cataluña respecto a Castilla, mi personaje favorito, sin duda alguna; la consecución del tratado comercial, que engrandece la arrogancia del diplómatico inglés, Fox, y que dificulta las relaciones con Maturin y Aubrey.
No hay batallas navales en esta novela, pero tampoco hacen falta porque lo importante es adentrarse en el mundo de los barcos de guerra, en la fascinación por descubrir nuevos animales y nuevas plantas, en definitiva, por la aventura de viajar y explorar nuevos territorios. Es verdad que las intenciones de los ingleses no son simplemente de un interés naturalista y científico, lo que les mueve en aquellas aguas es el comercio, es una suerte de imperialismo comercial que todavía no ha evolucionado a la siguiente fase, el imperialismo territorial de finales del siglo XIX, ahora lo único que interesa es establecer relaciones comerciales preferenciales, más adelante se buscará la conquista territorial.
Lo que me gusta de O'Brian es que ni todos los franceses son villanos ni los ingleses son unas hermanitas de la caridad, en la guerra no todo es blanco o negro, y es Maturin quien siempre sabe distinguir el color gris de las cosas.
El final es sorprendente porque es difícil ver a Aubrey en verdaderos apuros pero cuando la Diane se adentra en aguas de las que no se tienen cartas marinas, puede pasar lo que pasa...
Como siempre una delicia de novela, qué pena que vayan quedando ya menos entregas (unas siete).

martes, 27 de julio de 2010

Los límites de la Fundación, de Isaac Asimov


Foundation's Edge (1982) fue la continuación a la gran trilogía de ciencia-ficción dedicada a la Fundación escrita por Isaac Asimov, 32 años después de la primera entrega. Tras leer la primera trilogía sabíamos que, caído el imperio galáctico, existían dos fundaciones, la Primera Fundación, poderosa en tecnología, y futuro segundo imperio, según el Plan Seldon, y la Segunda Fundación, centrada en la "mentálica", y de nuevo oculta en el planeta Trántor, capital del antiguo imperio, cuya misión también es velar por el cumplimiento del Plan Seldon. El "psicohistoriador" Hari Seldon había predicho estudiando las reacciones generales de amplios grupos de seres humanos ante determiandos estímulos a través de las matemáticas que el período de interregno entre el primer imperio y el segundo imperio se reduciría de 30 mil a mil años si se seguía el plan trazado por él. Es decir, Seldon predijo los cambios sociales e históricos de los siguientes siglos (algo hoy por hoy imposible).
Bien, esta cuarta entrega (y penúltima) comienza cuando han pasado 500 años de interregno, queda justo la mitad para la implantación del segundo imperio. La Primera Fundación ha extendido sus dominios en la galaxia y se siente fuerte, pero la alcaldesa de Términus, Harla Branno, sospecha que la Segunda Fundación todavía existe en secreto y es un peligro para la Primera. El consejero Golan Trevize, con su compañero de aventuras el historiador Janov Pelorat, se embarcará en una misión para, supuestamente, descubrir el planeta original, aquel donde se surgió el ser humano, la Tierra, de la que solo quedan algunos mitos y leyendas.
Como es una historia que no se centra en un personaje o una línea narrativa, también entra en juego la Segunda Fundación, que por medio del orador Stor Gendibal y su compañera Sura Novi, tratará de averiguar la verdadera misión de Trevize y salvar a la Segunda Fundación del peligro que se cierne sobre ella, ya que descubre que el Plan Seldon parece estar vigilado por una fuerza aún más poderosa que la Segunda Fundación.
Entre las dos Fundaciones, un planeta enigmático, Gaia, que encierra algunos secretos sobre el "final" de la Tierra, y que parece atraer a todos los protagonistas de la aventura a un final inesperado. Gaia es un elemento no previsto por las dos Fundaciones, como lo fue la aparición del Mulo. Trevize será quien tenga que tomar la decisión que afectará a todos y que puede llevar al final del Plan Seldon.
La novela también sirve para que Asimov exponga las tres Leyes de la Robótica y su teoría sobre un único planeta en toda la galaxia capaz de generar la vida humana: "Vivimos en un universo donde la Tierra es el único planeta capaz de desarrollar una ecología compleja, una especie inteligente, y una avanzada tecnología, no porque la Tierra tenga algo especial, sino porque dio la casualidad de que se desarrollara en la Tierra y en ningún otro sitio".
Tal vez no haya sido la historia más entretenida de las que he leído sobre la Fundación, es verdad que la novela gana en interés conforme avanza la trama, y el final es bueno (tenía que acabar de esa manera), pero le falta algo...

viernes, 9 de julio de 2010

La conquista de Alejandro Magno, de Steven Pressfield


The Virtues of War (2004), del escritor nacido en Port of Spain (Trinidad), Steven Pressfield, es una novela fascinante de la primera a la última página. Supongo que el cambio de título en castellano se explica para enganchar más compradores ya que Alejandro Magno es una figura histórica muy atrayente para el lector avezado y para el que no lo es tanto en la historia de la Antigüedad. Cuando leí Puertas de Fuego (1998), sobre la batalla de las Termópilas, cuya reseña puede leerse en este blog, ya dije que había descubierto un excelente narrador de la guerra en el mundo antiguo. Este libro me lo confirma.
Los capítulos están titulados con las virtudes de la guerra: la voluntad de luchar, el afán de gloria, el dominio de sí mismo, la vergüenza ante el fracaso, el desprecio por la muerte, la paciencia, el instinto de matar, el amor por los camaradas y el amor por nuestros enemigos.
La novela cuenta toda la campaña de Alejandro Magno en Asia, aunque comienza con una magistral descripción de la batalla de Queronea. Quien cuenta y describe todo es el propio Alejandro en persona, y además en presente, relatando todo lo que ha pasado desde Queronea hasta el 326 a.C., cuando el ejército de Alejandro se encuentra en el río Hidaspes, dispuesto a entablar su última batalla, y el rey le cuenta a uno de sus pajes, Itanes, todas las peripecias del mejor ejército que haya conocido el mundo antiguo. Por cierto, en 2006 Pressfield publicó La campaña afgana, una novela que todavía no he conseguido y que describe la campaña de Alejandro Magno en Afganistán (el sentido didáctico y la comparación con la forma en la que el ejército estadounidense está haciendo la guerra en ese país es muy oportuna).
Lo más sobresaliente de la novela son sin duda las descripciones de batallas: Queronea, Granico, Iso, Gaugamela. Son un auténtico manual para estudiosos de la historia militar, de la forma de luchar de la falange macedonia, de la disposición en el campo de batalla, del análisis de las fuerzas enemigas, sus puntos débiles, del conocimiento de la capacidad de los generales, tanto propios como enemigos. He disfrutado como un enano con estas batallas, porque Alejandro explica todo lo que hace y por qué lo hace.
Es una novela que se centra en el aspecto más militar de la campaña de Alejandro en Asia, son más bien secundarios las cuestiones políticas y culturales de la conquista de Asia. Es un novelón si lo que uno busca son batallas, y aquí se describen las principales, las que hicieron de Alejandro un genio militar, probablemente el mayo genio militar de la historia hasta Napoleón.
El capítulo 6 (La paciencia) es un auténtico manual del arte de la guerra (como el de Sun Tzu): "No hay ninguna arma en la guerra superior a la velocidad", "todas las tácticas en la guerra convencional buscan obtener un único resultado: abrir una brecha en la línea enemiga", "sé conservador hasta el momento crucial. Luego golpea con toda la violencia de que dispongas", "solo necesitamos ganar en una parte del campo, siempre y cuando esta sea la decisiva".
También encontramos interesantes reflexiones sobre el arte de la guerra:
"El oficial recién nombrado cree que el rey manda a su ejército. ¡Ni de lejos! El ejército lo gobierna. Debe alimentar su apetito de novedad y aventura, mantenerlo en condiciones y confiado (pero no demasiado, so pena de que se vuelva insolente), disciplinarlo, mimarlo, recompensarlo con botines y premios pero hacer todo lo necesario para que se lo gaste en bebidas y mujeres, de forma que esté ansioso por marchar y combatir de nuevo".
"La guerra es teatro, y la esencia del teatro es el artificio. Lo que mostramos es lo que no haremos. Lo que no mostramos es lo que haremos."
"Después de una batalla, un hombre herido se siente solo y abandonado.... Es frecuente que un hombre herido crea que ha fracasado... Un hombre herido se siente disminuido y desconsolado, pero por encima de todo se siente mortal. Ha olido el aliento del infierno y siente que la tierra se abre debajo de él."
Las más interesantes reflexiones son aquellas relacionadas con la guerra de guerrillas entre un ejército convencional y las tribus afganas. Alejandro sabe cómo hacer la guerra a estas tribus y reorganiza el ejército para hacerlo más ligero, móvil y autónomo (como las fuerzas romanas en los siglos IV-V d.C. que deben defender un extenso limes en el Rin y el Danubio). Todo lo referente a Afganistán suena a didáctica para las tropas estadounidenses que no pueden acabar con las tribus afganas. Pressfield está diciendo: "así lo hizo Alejandro". Solo que Alejandro solo contemplaba un camino para lograr la victoria: el exterminio, nunca la negociación. "Para vencer, tienes que ser más terrible que ellos. La persecución es la esencia de la guerra contra el lobo [los afganos], y con esto me refiero a una persecución que solo acaba cuando se acorrala y se mata al último enemigo". Lo que pasa es que en el mundo antiguo el exterminio de pueblos era un hecho aceptado, hoy en día eso es genocidio y es un crimen contra la humanidad.

Decir que esta novela es absolutamente recomendable es quedarme corto, es imprescindible si te gusta la historia de la guerra en el mundo antiguo.