miércoles, 1 de octubre de 2014

Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque

Erich Maria Remarque (seudónimo de Erich Paul Remark, 1898-1970) noveló parte de sus experiencias como combatiente en la I Guerra Mundial en un libro publicado en 1929 que se convirtió rápidamente en un éxito internacional.
Cuando leí un día que Sin novedad en el frente era uno de los alegatos más antimilitaristas que se han escrito (creo que el artículo era de Jacinto Antón en El País), en seguida fui a comprármelo, junto a El miedo, de Gabriel Chevalier. Los compré hace un tiempo pero ha sido ahora, que se conmemora el centenario del inicio de la Gran Guerra, cuando he sabido que era el momento de estos libros, porque sí, también los libros tienen su momento. Como dato biográfico importante a saber sobre Remarque, decir que en 1932 abandonó Alemania huyendo del nazismo, así que los nazis incluyeron este libro entre los que quemaron públicamente en 1933, cuando organizaban esas hogueras con las que pretendían "purificar" las mentes de los alemanes. 
Los nazis quisieron borrar un libro que cuenta la guerra descarnada, sin héroes, sin medallas, sin honor, y esta imagen era absolutamente contraria a la propaganda militarista del fascismo.
En palabras del joven veinteañero que relata de forma sobria sus experiencias en las trincheras, el soldado alemán Paul Bäumer: "Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación, el miedo, la muerte y el tránsito de una existencia llena de la más absurda superficialidad a un abismo de dolor. Veo a los pueblos lanzarse unos contra otros y matarse sin rechistar, ignorantes, enloquecidos, dóciles, inocentes. Veo a los más ilustres cerebros del mundo inventar armas y frases para hacer posible todo eso durante más tiempo y con mayor rendimiento."
Esta reflexión del protagonista podría aplicarse perfectamente a cualquier guerra y a cualquier bando, porque en esta novela lo único que se salva es el compañerismo y la solidaridad entre el grupo de jóvenes soldados alemanes, todo lo demás es la barbarie del hombre. Y lo triste es que esa barbarie se multiplicó durante la siguiente guerra mundial, en la que no solo los hombres se mataban por el amor a la patria sino también para exterminar a las razas odiadas.
La novela es brutal por su lenguaje directo y sin metáforas: las bombas caen para destrozar cuerpos, los gases tóxicos hacen estallar los pulmones, los miembros son amputados sin piedad, y los soldados han perdido la poca humanidad que les quedaba cuando salieron de la acelerada instrucción en el cuartel. 
Se denuncia un mundo en el que los propios docentes incitaban a los jóvenes a alistarse porque era el mejor servicio que podían hacer por su país. Se critica una sociedad que veía con euforia el inicio de una guerra que pondría a cada uno en su sitio, aunque los únicos que pagaron los platos rotos de la alta política fueron los millones de obreros y campesinos que murieron sin saber a ciencia cierta por qué luchaban. Nuestro protagonista cuestiona esa educación militarista que el emperador Guillermo II había fomentado en las escuelas alemanas: "Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir". Y sin embargo, fueron enviados al matadero.
Y la guerra "les ha echado a perder para cualquier cosa". Los que sobrevivan serán carne de cañón para ideologías extremistas que prometan una vida mejor y que sepan encauzar el odio acumulado de esos infelices hacia un enemigo concreto. Son carne del nazismo.
Estamos ante una obra primordial para entender el verdadero sentido de la guerra, ante un documento tan real que resultaba peligroso para las ideologías totalitarias. Un testimonio que cuenta qué es la guerra, y para conocerla no hay que ir solo a los museos a ver medallas, hay que ir a un hospital: "Sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra".

lunes, 22 de septiembre de 2014

El topo, de John Le Carré

En 1974 John Le Carré escribió la tercera novela de la "serie Smiley", y una de las más conocidas y celebradas del autor británico: El topo (Tinker Tailor Soldier Spy fue su título original). 
El argumento es bien sencillo: George Smiley, que está apartado del Servicio Secreto británico (MI6), recibe un encargo especial que pocos dentro del propio Servicio deben conocer, a saber, descubrir al espía que está pasando información a los rusos, es decir, al topo. Y lo peor para Smiley es asumir que ese espía no es uno cualquiera sino alguien de las más altas esferas del Servicio por cuanto tiene acceso a información muy reservada, reduciendo las sospechas a un grupo de cuatro hombres.
John Le Carré aprovechaba por tanto la historia para presentarnos las grietas internas de un Servicio podrido por dentro que lleva varios fracasos a sus espaldas y que vive a la triste sombra de los dos grandes servicios secretos, el americano y el ruso, en plena Guerra Fría. Y la forma de describirnos las grietas de ese "edificio" es absolutamente magistral, hasta el punto que de manera deliberada acabamos por creer que nadie dentro del Servicio es trigo limpio, teniendo en cuenta que Smiley está fuera.
Lo que hace muy atractiva esta novela, además de la ansiedad por conocer quién es el traidor inglés que ha vendido los secretos a los soviéticos (en clara referencia al espía británico Kim Philby que en los años 60 desertó a la URSS desvelando que había sido un topo durante muchos años, y que por cierto para el que John Le Carré llegó a trabajar), es sin duda el carácter y forma de trabajar de Smiley: como si fuera una hormiga, construye poco a poco las pruebas que luego utilizará para desenmascarar al traidor, y lo hace de forma concienzuda, leyendo y releyendo documentos, entrevistando a testigos de operaciones que han fracasado, y atando cabos que conducen a una trama soviética bien hilvanada por el espía ruso conocido como Karla, del que se habla por primera vez en esta novela.
No es Smiley por tanto, como ya hemos explicado en otra ocasión, un espía de acción, carreras y disparos, sino más bien un ratón de biblioteca muy perspicaz e inteligente que desentraña la trama a medida que leemos más y más páginas, es más un Maigret que un Bond, y eso lo hace más atractivo como personaje. 
La trama nos lleva a conocer detalles de la "Operación Brujería", la fuente "Merlín" y el agente Jim Prideaux, desaparecido, pero clave para que Smiley pueda señalar por fin al culpable de que el Servicio Secreto británico sea el hazmerreir de los rusos.
No puedo mas que recomendar la lectura de esta estupenda novela de espías que se disfruta desde la primera página hasta la última. Es de lo mejor de John Le Carré y de él casi todo es muy bueno.
Recomiendo además de manera entusiasta la reciente película de El topo (Tomas Alfredson, 2011), en la que Gary Oldman encarna tan estupendamente al apocado Smiley que uno ya no puede disociar el aspecto del espía de las facciones del actor británico. En la película también hay un cameo del propio Le Carré.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Victus, de Albert Sánchez Piñol

Si han leído La piel fría (2002) entonces ya sabrán que con Albert Sánchez Piñol (Barcelona, 1965) estamos ante un escritor singular, que para empezar suele publicar en catalán, pero que de forma sorprendente, eligió el castellano para una novela que iba a contar uno de los episodios históricos más importantes de la historia de Cataluña, la Guerra de Sucesión Española (1702-1714), que acabaría con la caída de Barcelona en manos borbónicas un 11 de septiembre de 1714.
Muchos de sus lectores habituales se sorprendieron de esta decisión pero el autor manifestó que le apetecía contar esta historia en castellano y ya está. Si Victus (2012) se hubiera publicado en catalán, lo hubiera leído igualmente porque al fin y al cabo lo que interesa aquí es la historia. La historia del asedio y caída de la última ciudad del bando austracista contada a través de la memoria de su personaje protagonista, Martí Zuviría, un barcelonés convertido en ingeniero militar que, ya viejo, nos cuenta con detallismo e ironía una guerra que dejó unas heridas todavía abiertas en los territorios de la Corona de Aragón, y un drama, el de los barceloneses, que dieron su vida por defender algo más que una ciudad, su cultura, su lengua y sus derechos ante lo que consideraban el peligro absolutista de los Borbones. 
Sánchez Piñol no ha escrito esta novela para reivindicar políticamente a un bando o a otro, no la ha escrito para decir que Castilla y los Borbones, en concreto el "Felipito" (Felipe V), eran aborrecibles y que la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Baleares) representaban las libertades y las bondades de un sistema perfecto que apostó por un candidato perfecto, el "Karlangas" (el archiduque Carlos de Austria). No, no es blanco o negro, o al revés, no fue una guerra tan maniquea.
Porque en el bando borbónico lucharon valencianos y catalanes que apostaron por un nuevo modelo de estado, y fueron llamados botifleros; y en el bando austracista hubo castellanos que se distinguieron por su lealtad a la causa del archiduque Carlos, aunque éste no se la mereciera, como es el caso de Antonio de Villarroel, militar que primero fue borbónico y luego austracista, que dirigió la defensa de Barcelona durante 13 meses y tras caer la ciudad fue apresado por los borbónicos sufriendo muchas penalidades. Él representa el espíritu de esta novela, el de los héroes, con nombre o anónimos, que lucharan en el bando que lo hicieran, lo hicieron con todas las consecuencias, y no huyeron cuando las cosas se pusieron feas. Y puestos a rendir cuentas, Sánchez Piñol, con todo el rigor histórico posible, a través de Martí Zuviria, pasa factura a los cobardes e ineptos dirigentes de la ciudad de Barcelona, los llamados "felpudos rojos", políticos más preocupados por su pellejo y sus bienes (aunque hubo excepciones como la de Sebastià Dalmau) que por ganar la guerra; y por supuesto al que se suponía que iba a ser mejor rey que Felipe V, el candidato austracista Archiduque Carlos, que en cuanto se olió que Barcelona no sobreviviría a un largo asedio y que los ingleses le habían abandonado dijo aquello de "pies para qué os quiero" y puso su culo en Viena a buen recaudo. 
La novela está magistralmente contada y se devora con avidez (aunque se obvian algunas partes de la guerra que hubiera sido interesante narrar, como la batalla de Almansa), y la galería de personajes es amplia y pintoresca, y encima (salvo alguna licencia) real, con episodios humorísticos tan chocantes como la indigestión de langostinos que le costó la vida al mariscal francés Vendome. Además, se cuenta tan bien que si no tienes idea de lo que pasó en esta guerra y por qué comenzó, te enteras enseguida, aunque hay que dejar claro que el núcleo principal de la novela, además de la etapa de formación de Zuviría como ingeniero militar y sus comienzos en el ejército borbónico, es sin duda alguna la guerra en Cataluña y el asedio de Barcelona, en el que Zuviría se convirtió en la mano derecha de Villarroel.
Sánchez Piñol ha construido un relato en el que huye de mitificaciones y episodios magnificados por la historiografía, ya sea española o catalana, cuenta las cosas como sucedieron y no duda en pedir cuentas tanto a borbónicos, que realizaron una dura represión en Valencia y Cataluña, como a austracistas, que más allá de defender a un mediocre candidato, no sabían que seguían defendiendo los privilegios e intereses de la nobleza y la burguesía, mientras el pueblo poco pintaba. Ya lo dice el dicho popular: "Entre Carlos tres i Felip cinc, m'han deixat amb lo que tinc!"
Zuviría acaba por decir: "En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro". 
Recordemos que en Cataluña (y Valencia) todo el orden jurídico fue arrasado y sustituido por el de Castilla. Durante décadas Cataluña fue considerada tierra ocupada militarmente. Todos los gobernantes que tuvo procedían de Castilla y el catalán desapareció de los documentos públicos. 
Cuando uno abre heridas tan profundas, cómo no entender que ese desencuentro, trescientos años después, en 2014, continúe entre muchos catalanes y valencianos...

lunes, 25 de agosto de 2014

Fundación y Tierra, de Isaac Asimov

En 1986 el escritor norteamericano de origen ruso, Isaac Asimov, echó el cierre definitivo a la saga Fundación, que de ser una trilogía pasó finalmente a una pentalogía (aunque en 1988 escribió una precuela, Preludio a la Fundación y en 1993 se publicó de forma póstuma una segunda precuela, titulada Hacia la Fundación).
En Fundación y Tierra seguimos viajando con los personajes que protagonizaron la anterior entrega, Los límites de la Fundación, el consejero de la Primera Fundación Golan Trevize y el mitólogo Janov Pelorat, a los que añadimos a la enigmática habitante de Gaia, Bliss, como tercer tripulante de la nave gravítica Far Star. La misión continúa teniendo el mismo objetivo: encontrar el planeta original, la Tierra, donde surgió la Humanidad y del que hace 20 mil años los grupos humanos empezaron a colonizar la galaxia. Sin embargo alguien o algo está determinado a ocultar las pistas para encontrar el planeta y a desconcertar a nuestros protagonistas con falsas leyendas sobre su radiactividad. A pesar de los obstáculos, Trevize está convencido de que la Tierra no es una leyenda sino un planeta real que existe, y encontrarlo supone responder a las preguntas sobre por qué ha quedado en el olvido de la Humanidad el planeta original, y sobre todo, y esto supone el objetivo principal, porque Trevize “ha decidido” que el Plan Seldon y las Fundaciones han llegado a su fin y el futuro de la galaxia pasa por integrar a todos los planetas, incluido el primigenio, en un sistema como el que funciona en Gaia, en el que tanto seres humanos como animales y plantas están interconectados a través de la mente y funcionan como un conjunto. Si esto puede aplicarse a todos los planetas, como Trevize piensa, se creará un sistema estable que perdurará mucho más tiempo que el Segundo Imperio que está por venir.
El viaje de nuestros protagonistas les lleva a visitar varios planetas, todos hostiles y reacios a dar información sobre la Tierra: en Comporellon, consiguen escapar gracias a los “encantos” de Trevize y la habilidad mental de Bliss; en Aurora, un mundo deshabitado, casi son devorados por unos perros salvajes; en Solaria, vemos un mundo en el que los humanos viven aislados y han desarrollado un hermafroditismo que les permite reproducirse sin contacto, de allí escaparán llevándose consigo a la joven Fallom, que será importante en el futuro; en Melpomenia, otro planeta muerto, encuentran información valiosa sobre los primeros mundos colonizados por los humanos; y en Nueva Tierra, descubrirán que nada es lo que parece.
Pero Trevize encuentra pequeñas pistas que permitirán localizar finalmente el planeta original, la Tierra, gracias a sus dotes deductivas y a la capacidad para extraer de las leyendas, pequeñas porciones de verdad: “La cuestión está –había dicho Pelorat- en deducir o decidir qué elementos particulares de una leyenda representan una verdad plena subyacente”.
Lo que al fin les espera a nuestros protagonistas es el conocimiento de un plan futuro para la galaxia explicado por un enigmático ser que les estaba esperando pacientemente.
Digno final para una saga imprescindible para los amantes de la ciencia ficción, Asimov es un gran contador de historias y leerlo siempre produce un gran placer.

martes, 12 de agosto de 2014

Un mar oscuro como el oporto, de Patrick O'Brian

Decimosexta novela de la famosa saga de Aubrey y Maturin ambientada en las guerras napoleónicas (1792-1815), y que recrea con precisión quirúrgica la apasionante vida en el mar, tan distinta de la vida “tierra adentro”. Publicada en 1993, si como lector has llegado hasta aquí (la saga la componen 20 libros), y has sobrevivido al ingente aluvión de términos náuticos sin marearte, enhorabuena. Lo digo sin ningún sarcasmo, puesto que yo mismo soy fan de las aventuras del capitán Jack Aubrey y del doctor y espía irlandés Stephen Maturin, y no me considero un experto en cuestiones marinas, y me conformo con distinguir donde está estribor, babor, popa, proa, y los mástiles principales de una fragata.
En una época apasionante de la navegación en la que el viento y las corrientes marinas son motores fundamentales de los barcos, es lógico que la descripción del trabajo de los marineros a bordo de un barco siga una rutinaria tarea de arrizar velas, limpiar cubiertas, hacer mediciones de la posición del barco, etc., etc., y esta “ambientación” es necesaria en toda novela de Patrick O’Brian, aunque creamos que genera pesadez y aburrimiento. Las cosas pasan aunque con un ritmo distinto y cuando se entiende esto, entonces se disfrutan mucho estos libros.
En esta entrega, la fragata Surprise, con patente de corso otorgada por el gobierno británico, navega por aguas del Pacífico sur con dirección a Callao (Perú), en la que Stephen Maturin debe desempeñar una misión secreta que posibilite la vía de la revolución y posible independencia de la colonia española (curiosamente en un momento, suponemos que 1812-13, aunque no se especifica, en que los británicos son aliados de los españoles en la guerra peninsular contra los franceses). Los franceses también están interesados en lo mismo, en destruir el imperio español en América, y de paso arruinar la estrategia británica. Sabemos que la revolución de las colonias españolas en América ya estaba en marcha en algunos territorios desde 1810, como Chile, aunque no en Perú, último territorio en permanecer bajo el dominio español. A nivel político podríamos diferenciar los modelos que tanto ingleses como franceses querían implantar: abolicionismo, libertades, monarquía o república, etc., pero realmente de lo que se trata es de aumentar la influencia económica de estas metrópolis, y a nivel interno, que la burguesía criolla obtenga el poder político y el prestigio que España le niega (“Por lo que respecta a la opinión pública aquí en Perú, creo que está bastante a favor de la independencia, especialmente porque el actual virrey ha tomado algunas medidas impopulares que favorecen a los nacidos en España y van en detrimento de los nacidos aquí”).
Si de camino a Perú, la Surprise ejerce como barco corsario, mejor que mejor, y como Jack Aubrey sigue siendo “el afortunado”, caerán varias presas, entre ellas un barco corsario norteamericano, el Franklin, y un barco pirata, el Alastor. Realmente hacer el corso no es más que robar a otros barcos mercantes o de guerra con permiso de un gobierno, una actividad de la que Maturin encuentra objeciones: “Es vergonzoso sentir placer en quitar a otros hombres sus pertenencias a la fuerza, abiertamente, legalmente y recibir felicitaciones e incluso condecoraciones…”.
Por cierto, uno lee la sinopsis de la contraportada, donde se dice que el gran momento de la novela es el paso de la fragata Surprise por el cabo de Hornos, e imagina que esto ocurrirá pronto, cuando ocurre al final, aunque tengo que reconocer que está muy bien narrado porque al peligro de un barco de guerra norteamericano que se cruza con la fragata, se une la amenazante presencia de bloques de hielo capaces de perforar el casco del barco y acabar con la afortunada travesía de la Surprise. Lo cierto es que después de un larguísimo viaje, la fragata pone rumbo por fin a Inglaterra para tomar un breve descanso, porque la guerra contra los franceses continúa y las aventuras de Aubrey y Maturin, aunque están pronto a terminar, nos siguen esperando en el horizonte.

viernes, 25 de julio de 2014

From Hell, de Alan Moore y Eddie Campbell

Mucho se ha escrito sobre los asesinatos ocurridos en Whitechapel durante el verano y el otoño de 1888, supuestamente cometidos por el famoso Jack el Destripador, pero cuando el guionista Alan Moore y el dibujante Eddie Campbell decidieron afrontar la ingente tarea de volver a narrar los hechos tal como creían que ocurrieron, probablemente no sabían que se enfrentaban a una labor colosal. Alan Moore había manifestado que deseaba contar unos asesinatos célebres y cuando en 1988 se publicó de todo para recordar el centenario de los cinco asesinatos en el Londres victoriano, Moore encontró la motivación para hacerlo, pero desde una perspectiva "científica" si se permite el término, teniendo en cuenta que el caso de Jack el Destripador tenía más lagunas que certezas. 
Moore afrontó una ardua tarea de documentación y leyó muchísimo, y como él dice, tuvo que tragarse libros infumables con teorías fantasiosas, pero se topó con un libro de Stephen Knight que planteaba una teoría sobre la autoría de los asesinatos que, aunque pudiera parecer descabellada, podía sostenerse, aunque fuera débilmente.
Así que, entre 1992 y 1997 se publicó en capítulos la novela gráfica From Hell, guionizada por Moore y dibujada con trazos negros por Eddie Campbell. Después vendría un epílogo en 1998, dedicado a los "cazadores de gaviotas", como los llama Moore, o más bien a los muchos "riperólogos" que publicaron sus teorías ("ripper" significa destripador). En 1999 se publicó una edición que recogía todos los capítulos, además de un extenso apéndice donde Moore explicaba qué escenas estaban basadas en datos reales y cuáles había inventado para enriquecer la ficción. Porque eso es From Hell, una ficción novelada de los sucesos de 1888, mal atribuidos a Jack el Destripador (que fue una invención de la prensa amarillista). 
Evidentemente Moore no iba a reconstruir los hechos sin plantear su propia teoría y su honestidad al advertir que él no estaba en posesión de la verdad, aunque se acercara, le honraba. Planteó conjeturas, escenas que pudieron ocurrir, diálogos que pudieron producirse, y todo basándose en pequeños indicios, detalles y pequeños atisbos de verdad en medio de un océano de mentiras, antiguas y recientes.
No les aguo la intriga si les digo cuál fue el asesino, según Moore el médico William Gull (gaviota en inglés), porque desde un principio se presenta claramente al personaje y su propósito, que podría parecer banal, es decir, matar prostitutas de forma despiadada (y esto no es banal), pero para Moore había mucho más detrás: una conspiración planeada por una organización masónica, a la que el distinguido asesino pertenecía, para tapar las vergüenzas de un miembro de la realeza británica, sin olvidarnos de sus motivaciones personales (esa confrontación religiosa entre la divinidad masculina y la femenina). Sí, muy novelesco, pero a veces la realidad supera a la ficción.
Lo cierto es que más allá de las teorías de Moore, que uno puede creer o no, me quedo embelesado por la visión del Londres victoriano que nos enseña y sus edificios con una oculta simbología pagana, y descubro la miseria de la vida en el East End londinense con una sensación de realismo bastante inquietante. Pensar que a la prensa londinense le podía interesar el asesinato de varias prostitutas de un barrio pobre de Londres es muy osado, pero la forma en cómo murieron y la psicosis que surgió (con tintes incluso de antisemitismo), le venía de perlas a una prensa ávida de escándalos.
La novela gráfica es considerada una obra maestra y se suma a esa colección de cómics imprescindibles creados por la genialidad de Moore, convirtiéndose en una de esas obras que requerirá otra lectura para captar todo aquello que suele escaparse la primera vez.

lunes, 14 de julio de 2014

La Antigüedad novelada y la ficción histórica, de Carlos García Gual

Carlos García Gual (Mallorca, 1943) es catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense. Ha escrito numerosos ensayos sobre temas de Literatura, Filosofía y Mitología Griega y traducido variados textos clásicos: Epicuro, La secta del perro, Los siete sabios (y tres más), Audacias femeninas, Mitos, viajes, héroes, Prometeo: mito y literatura, Enigmático Edipo. Mito y Tragedia, etc.
El trabajo que reseñamos, La Antigüedad novelada y la ficción histórica. Las novelas históricas sobre el mundo griego y romano (1995), es un excelente ejercicio de literatura comparada centrado en un género novelesco que me fascina como es la novela histórica, más concretamente la ambientada en Grecia y Roma. El libro fue publicado en 1995, aunque en la edición de 2013 recoge ensayos sobre el mismo tema publicados en 2002.
García Gual nos lleva de la mano para conocer a los primeros novelistas del género histórico, los orígenes, los temas, los autores consagrados, los títulos "best-sellers" y las épocas doradas de ese tipo de literatura que hoy en día tiene tantos adeptos y tantos títulos, no todos de calidad, en las librerías.
Y es un viaje ameno, entretenido y muy didáctico puesto que hay novelas por las que uno ya ha pasado y concuerda en las opiniones del autor, y otras que, sin haber sido leídas todavía, despiertan el interés. Es este un trabajo de arqueología de la novela histórica, donde conocemos los "clásicos" del género y no tanto las últimas "novedades" de la segunda mitad del siglo XX.
Un recorrido que comienza en el mismo siglo I d.C., donde García Gual apuesta por calificar como primera novela histórica el Quéreas y Calírroe de Caritón de Afrodisias, pasando por la Vida de Alejandro del Pseudo Calístenes (una colección de anécdotas fabulosas de la vida de Alejandro Magno que tuvo mucho éxito) y la Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato (estas dos del siglo III d.C.). Llevar el origen de la novela histórica ambientada en Grecia y Roma a la misma Antigüedad tiene sus riesgos, pero el autor, ateniéndose a lo que él entiende por novela histórica, a saber, "una ficción implantada en un marco histórico", para recrear "una atmósfera histórica, en general mucho más animada y coloreada que la que los escuetos datos de la historiografía suelen esbozar", considera que estos tres títulos cumplen las premisas del género: personajes históricos dentro de una ficción romántica con un "decorado" muy anterior a la época en la que el escritor escribe.
Después nos traslada al siglo XVIII, época del Neoclasicismo y del redescubrimiento de la Antigüedad a través de la arqueología (en 1748 comienzan las excavaciones en Pompeya y Herculano). Son novelas donde el tema principal son los viajes narrados de personajes inventados o míticos: Las aventuras de Telémaco (1717), de Fénelon; Viaje del joven Anacarsis (1788), de J.J. Barthelemy, ambientada en el siglo IV a.C., un libro largo, muy erudito y con pocos ingredientes románticos que fue un éxito y que libró al abate de morir en la guillotina en Francia; Viajes de Antenor (1797), de Lantier, narra los viajes por Grecia y Asia de un aventurero basándose en un falso manuscrito encontrado en Herculano (un recurso habitual a partir de entonces en el género). Subyace en estos títulos un deseo de evasión de los escritores y lectores, una manera de "viajar por el mundo antiguo" sin moverse. 
Uno de los títulos de principios del siglo XIX y que marcará la temática de las grandes novelas del género a finales del siglo XIX es Los mártires del cristianismo, de Chateaubriand, que recreará de forma novelada el enfrentamiento paganismo-cristianismo que en algunas épocas del Imperio fue bastante crudo, como durante los reinados de Nerón o Diocleciano. Evidentemente se hacía una clara apología de la bondad del cristianismo de los primeros tiempos mientras que el paganismo era sinónimo de maldad y crueldad. Serán típicas las escenas en el anfiteatro con las fieras devorando cristianos indefensos, las catacumbas, etc. Este subgénero tendrá un éxito de público increíble (Fabiola o la iglesia de las catacumbas -1854-; Calista -1856-). Por lo menos Chateaubriand es el primero que visita los lugares que luego describe en su novela, no como los anteriores.
García Gual afirma que en cuanto género, la novela histórica es un producto del Romanticismo, y la Antigüedad daba para muchas historias románticas y trágicas. El siglo XIX es la época dorada del género, en la que nacen los títulos emblemáticos que luego quedarán consagrados a través del cine y que son ejemplos típicos de novelas de persecuciones cristianas: Los últimos días de Pompeya (1834), de Edward Bulwer-Lytton, una novela en la que no hay viaje de los protagonistas pero donde el lugar lo es todo: Pompeya, descrita con una fidelidad arqueológica, y con todos los ingredientes para que triunfara, a saber, historia de amor con happy end, tragedia. Sobre esta novela dice García Gual: "Fue un modelo latente de muchas otras novelas de romanos e impresionó la imaginación de muchos lectores. Con su romanticismo trasnochado sigue siendo una ficción melodramática de estupendos decorados y hábil trama".
Ben-Hur (1880), de Lewis Wallace, es el segundo gran título, y archiconocido gracias a la versión cinematográfica protagonizada por Charlton Heston. Los ingredientes que hemos visto antes vuelven a repetirse con éxito: argumento melodramático, escenarios atractivos y tópicos como el circo, moralina cristiana, todo muy hollywoodiense.
Quo vadis? (1896), de Henry Sienkiewicz, es la novela más cristiana de todas, ya que el autor, un polaco católico cuyo país históricamente había sufrido la opresión de alemanes y rusos, se ensaña con Nerón y la persecución de los cristianos. Sus cristianos son todos ejemplares, dispuestos al martirio, y todo discurre en una Roma muy bien descrita con sus catacumbas, casas patricias, juegos de anfiteatro y catástrofe final  incluida (incendio de Roma). Vamos, un éxito de ventas asegurado.
Todos son títulos best-sellers muy del gusto de la sociedad burguesa de finales del siglo XIX y principios del XX, desencantada, descontenta y aburrida del presente.
Escrita en el siglo XIX pero alejada de los cánones del género por su singularidad estilística y temática es Salambó, de Flaubert (1862), ambientada en una Cartago pre-Segunda Guerra Púnica. La muerte de los dioses: Juliano el Apóstata (1894), de Merejkovski, es también un título atípico porque se aleja de la machacona apología cristiana, de hecho habla del emperador Juliano, un defensor de la tolerancia frente al fanatismo cristiano. Gore Vidal, con su Juliano el Apóstata, hizo una narración más fiel al personaje.

El siglo XX plantea un panorama literario variado en cuanto a los temas pero también en cuanto a la calidad. El género parecía agotado tras la Primera Guerra Mundial por la reiteración en los tópicos: conflicto religioso (paganos contra cristianos), nostalgia del mundo clásico. Era necesaria una renovación del género y esta llegó con varios títulos muy importantes en los que se evidencia una menor ideología y didactismo erudito, con alguna excepción. Es imprescindible hablar por supuesto de éxitos de crítica y la mayoría de las veces también de público de algunos títulos fundamentales: Yo, Claudio (1934), de Robert Graves; Los idus de marzo (1948), de Thornton Wilder; Memorias de Adriano (1951), de Margueritte Yourcennar, una obra maestra del género en palabras de García Gual; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; Espartaco, de Howard Fast (1951), esta es claramente una novela de un autor trotskista desencantado con el comunismo estalinista y el fracaso de la revolución del proletariado, como en la Roma del siglo I a.C. fracasó la revolución de Espartaco.
También se ponen en boga en el siglo XX las biografías novelescas, sobre todo de los personajes históricos más atractivos, siendo el más biografiado Alejandro Magno: Mary Renault o Gisbert Haefs tienen buenas novelas. Otras biografías noveladas: Aníbal (1990), de Gisbert Haefs; Memorias de Agripina, de P. Grimal, y la excelente saga sobre Mario, Sila, Pompeyo y César de la escritora Colleen McCullough. Pero de las novelas biográficas conviene hacer especial hincapié en la que para mí es la mejor novela histórica que he leído y que entra en la categoría de falsa memoria de tono apologético: Yo, Claudio, de Robert Graves. En ella el escritor inglés convierte en héroe a un "idiota tartamudo" y en malos a la familia Julio-Claudia en general. Sin ideología sumergida, Graves muestra a un Claudio escéptico, irónico y ácido analista de la política de su tiempo. Es un magnífico ejercicio de pesimismo sobre la historia y la política en general.
Hay muchos más títulos importantes e interesantes como El vellocino de oro (1945) de Robert Graves, o Casandra (1985) de Christa Wolf. Sobre este título conviene señalar que es importante porque lo protagoniza una mujer (poco habitual en el género histórico) y porque viene a ser una historia que simboliza la sumisión de la mujer "a los designios de los hombres que pierden y ganan las guerras".
Otro subgénero que triunfa durante las últimas décadas del siglo XX es la novela histórica de intriga o negra, en la que Lindsey Davis con su Marco Didio Falco, o Steven Saylor con su Gordiano el Sabueso, marcan el estilo. Estas novelas proponen ante todo diversión, al tiempo que sumergen al lector en Roma en unas excursiones de mucho color y ácido humor, y los mismo vicios que en nuestro entorno.
Suscribo una reflexión de García Gual para acabar: "la novela histórica tiene una notable mala fama entre los críticos literarios y entre los historiadores". Se ve como una ficción de poca calidad y poco rigurosa. Sin embargo, hay suficientes ejemplos de que esto no es así, por mucho que los críticos no quieran reconocerlo nunca.