lunes, 19 de enero de 2015

¡Puta guerra! 1914-1919, de Tardi y Verney

Si en el desesperanzado relato de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, asistíamos al escenario dantesco de una guerra carente de sentido desde el punto de vista del soldado alemán, en este cómic-libro del dibujante francés Jacques Tardi (1946), con guión del historiador experto en la Gran Guerra Jean-Pierre Verney, y con el elocuente título que lo dice todo: ¡Puta guerra! 1914-1919 (2008-2009), ponemos imagen al infierno a través de los ojos de un soldado francés. Las dos visiones de la guerra son igual de válidas, la primera, más subjetiva, escrita por un superviviente de la masacre, la segunda, dibujada y escrita por quienes vienen estudiando con detallismo historicista documentos, fotografías, relatos y memorias que puedan permitir una reconstrucción más o menos fidedigna de lo que ocurrió en la I Guerra Mundial.
Fruto de la investigación exhaustiva surge un atroz relato visual que narra los horrores de la guerra año tras año, desde el estallido en 1914, con el entusiasmo desmedido de los contendientes, la primera batalla del Marne, la estabilización del frente occidental, hasta los años negros de trincheras, con batallas tan desmedidas como inútiles (Verdún, el Somme), para llegar finalmente al desenlace de noviembre de 1918, con la retirada de las tropas alemanas y el inicio de las negociaciones de paz que se prolongarán durante 1919.
La edición de coleccionista, realizada por Norma Editorial en 2010, permite además al lector disfrutar de un extenso resumen de la guerra que se disfruta enormemente por su concisión, estilo narrativo e ironía, y que complementa muy bien las viñetas dantescas que en las páginas previas hemos soportado con incredulidad.
Este viaje narrativo por la Primera Guerra Mundial comienza con viñetas coloridas y bien iluminadas, con sonrisas de los protagonistas, con la alegría del pueblo que va a despedir a sus soldados a las estaciones, pero poco a poco, conforme pasan las páginas, los colores se vuelven fríos, de un cromatismo grisáceo, los rostros se vuelven tristes, y el expresionismo inunda las viñetas, convirtiendo a esos "valientes" soldados en auténticos guiñapos. 
Todo se aborda con minuciosidad en este magnífico cómic: la dura vida en las trincheras, el atronador ruido de los cañones, el resquebrajamiento de la moral de los soldados, el papel de los aviones, la guerra química, los primeros tanques, las ejecuciones, los soldados muertos, heridos o mutilados, el hambre, etc. Una galería del terror dibujada con macabro realismo. Después, 1919 será el momento de hacer balance, de contar cruces, de hacer tristes desfiles de mutilados, de descubrir solitarios hombres en las tabernas rumiando la experiencia, de sueños de revoluciones obreras que nunca triunfarán. 
En definitiva, creo que huelga decir que este cómic me ha cautivado a pesar de ser tan duro. Es un trabajo que merece mi aplauso por afrontar con minuciosidad la visión de un conflicto que nunca debió haber sucedido y que nunca debemos olvidar.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Palestina: en la Franja de Gaza, de Joe Sacco

Joe Sacco es un reconocido periodista y dibujante de cómics nacido en Malta (1960), aunque residente en los Estados Unidos desde muy joven. Entre 1991 y 1992 decidió abordar el problema de Palestina e Israel sobre el terreno para poder trasladar una buena historia al cómic. Convivió dos meses en Cisjordania y Gaza con familias palestinas a las que entrevistó, fotografió y escuchó con paciencia. Se convirtió en algo más que un mero observador del problema palestino, que a finales de 1991 iba camino del fin de la Primera Intifada, y para cuando comenzó a publicar su trabajo, en la década de los 90, ya se habían producido los famosos Acuerdos de Oslo por los que se reconocía la existencia de un estado palestino gobernado por la ANP (Autoridad Nacional Palestina) en los territorios de Gaza y Cisjordania. Conocía con profundidad la visión israelí del problema pero en Occidente la imagen de Palestina estaba distorsionada, asociada a terrorismo y secuestros de aviones, métodos con los que las organizaciones radicales árabes habían respondido a los ataques israelíes aplicando la vieja Ley del Talión ("ojo por ojo, diente por diente").
La labor de documentalista de Joe Sacco es ingente, y convierte a Palestina: en la Franja de Gaza (1993-1995) en una auténtica novela gráfica donde los auténticos protagonistas son el pueblo palestino, que cuenta con descarnado detallismo sus penurias a un sorprendido Sacco, que es también personaje de la tragedia. La visión de Sacco es una visión humana y personal, que trata el problema desde el punto de vista de los hombres, con sus periodos de reclusión en la cárcel, las torturas, los interrogatorios, las humillaciones, etc., pero también hay hueco para las mujeres palestinas, auténticas sufridoras del problema, puesto que no hay mujer que no haya perdido a un marido, un hijo o un nieto en la eterna lucha.
Y para ilustrarnos, Sacco nos explica a través de la memoria de los más ancianos cómo en 1948 nacía por obra y gracia de Gran Bretaña y el beneplácito de la ONU, el Estado de Israel, incrustado en una Palestina que hasta entonces era mandato británico. Así nació el problema, puesto que en esa Palestina vivían 750 mil árabes que fueron desplazados en su mayoría a los territorios de Cisjordania y Gaza, perdiendo casas y tierras y pasando a vivir muchos de ellos en improvisados campos de refugiados que todavía hoy siguen subsistiendo. Varias guerras árabe-israelíes después, la situación de los palestinos continuó empeorando, mientras que Israel recibía (y recibe) el apoyo incondicional de Estados Unidos. 
Por este trabajo concienzudo trazado en blanco y negro con precisión fotográfica, recibió el American Books Award en 1996, y ayudó a hacer visible un problema que parecía reducido a terrorismo palestino versus represión militar israelí. Y es que para empezar a atisbar la comprensión de este problema tal vez haya que huir de los radicalismos, y debamos alejarnos de judíos ultraortodoxos (como los colonos que aparecen en el cómic) e islamistas radicales, dos grupos cuya única solución al problema consiste en la aniquilación total del contrario, mediante una reformulación de la praxis fascista.
La sensación de fracaso y problema insoluble está latente en la obra, y la amargura es el sentimiento que se te queda al acabar el cómic, como nos remarca Sacco en el prólogo de la edición de 2001: "Los pueblos palestino e israelí continuarán matándose entre sí en un conflicto de baja intensidad o con una violencia desgarradora hasta que este hecho central (la ocupación israelí) se trate como un tema de ley internacional y de derechos humanos". 
La clave está en saber si ya se ha cruzado la línea roja, aquella que separa el deseo de compartir la misma tierra y el odio que lleva al exterminio. El estadounidense de origen palestino Edward Said, profesor de Literatura Comparada, afirma que la mayor victoria del cómic es haber evidenciado que Palestina existe, que el pueblo palestino está vivo y que la comunidad internacional tiene todavía un problema que resolver.
En 2012, la ONU reconoció el Estado de Palestina como "estado observador no miembro", escaso gesto mientras EEUU se oponga en el Consejo de Seguridad a su reconocimiento pleno. El 17 de diciembre de 2014 el Parlamento Europeo apoyó públicamente el reconocimiento del Estado de Palestina, un gesto también simbólico ya que el reconocimiento efectivo deben realizarlo cada uno de los estados miembros de la UE. Y en esas seguimos, mareando la perdiz...
Estamos ante un cómic absolutamente recomendable que te hará reflexionar sobre las paradojas que la historia del siglo XX nos ha deparado, y a buen entendedor, sobran las palabras.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene

Henry Graham Greene (1904-1991) fue un periodista y escritor británico que adquirió un reconocimiento merecido por parte de la crítica y el público con sus más de 25 novelas, algunas de ellas, como la que nos ocupa, encuadradas en el subgénero de la novela de espías. Un hombre de fuertes contradicciones morales ya que era profundamente católico (cuando dejó a su mujer nunca se divorció de ella, como le ocurre al protagonista de la novela, Wormold) y militante, durante algún tiempo, del Partido Comunista de Gran Bretaña, aunque fue una militancia breve y de juventud.
Su primera novela con cierto éxito es El tren de Estambul (1932), pronto llevada al cine, como muchos de sus relatos. Éste y otros como el que presentamos, Nuestro hombre en La Habana (1958), fueron considerados por el propio autor como novelas "de entretenimiento" para distinguirlas de las novelas "literarias" (como El poder y la gloria, de 1940), de las que de verdad se sentía orgulloso.
Sin embargo, las novelas de entretenimiento son de una excelente calidad literaria, ahí está El tercer hombre (1950), novela de espías ambientada en el Berlín ocupado por los aliados tras la II Guerra Mundial, modélico relato con personajes perfectamente caracterizados que constituye una fuente de la que beberán los futuros maestros del subgénero, John Le Carré y Frederick Forsyth.
Nuestro hombre en La Habana forma parte de estas novelas "de entretenimiento" que Greene coloca en un segundo plano, pero no es precisamente un relato menor. Es una novela premonitoria porque es publicada en 1958, meses antes de la revolución castrista que instaló a los comunistas en el poder de Cuba (hasta la actualidad), y ese ambiente prerrevolucionario en una dictadura mantenida por los americanos y dirigida por el general Batista, que presagia que algo va a ocurrir, es bien retratado por el escritor. 
En esta Cuba pre-comunista trabaja como vendedor de aspiradoras un tal Wormold, que vive con su hija Milly. Es un auténtico personaje secundario al que Greene pone todo el foco, una medianía que se revela muy inteligente, siendo capaz de engañar no solo al Servicio Secreto británico, que lo ha reclutado, sino a todos los servicios secretos que actúan en Cuba. Wormold construirá una mentira poco sostenible (red de agentes falsos, planos inventados, etc.) que sin embargo acabarán tragándose todos, incluida Beatriz, una secretaria enviada desde Londres para ayudar en las tareas de espionaje de Wormold.
El gran acierto de la novela es la continua burla que Greene hace de los servicios de espionaje de los países, puesto que Wormold no es un agente entrenado, no tiene ni idea de lo que debe hacer, y además fabrica patrañas increíbles que todos se tragan porque la neurosis de la Guerra Fría hace creer prácticamente en todo, aunque sea inverosímil. Esa ridiculización del espionaje también la vemos en John Le Carré cuando destripa las entrañas del Servicio Secreto británico en El topo.
Wormold descubrirá, no obstante, que de la falsedad pueden surgir situaciones peligrosas muy reales porque el espionaje, visto como un juego por nuestro protagonista, se cobra víctimas reales, como su buen amigo el doctor Hasselbacher. 
Greene acabará por cerrar el relato con un final de nuevo caricaturesco al describir la reunión de jefes del Servicio británico donde se decide el futuro de nuestro amigo Wormold, que ya se cree condenado.
Estamos ante una novela notable en la que se ridiculiza el funcionamiento de los servicios secretos, que humaniza a sus protagonistas (Wormold es un personaje sencillo que nada tiene que ver con nuestra imagen del agente secreto, demasiado "bondiana" por obra y gracia de las novelas de Fleming y las películas correspondientes), que hace reales sus problemas y mundanas sus preocupaciones, y por ello es un precedente de la caracterización de personajes y situaciones que John Le Carré construye en sus novelas, ejemplificadas en la figura de George Smiley.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Puzle de sangre, de Mario Martínez y José Payá

Puzle de sangre (2014) es una novela negra atípica por cuanto construir un relato coherente en la trama y en la caracterización de los personajes cuando la autoría es doble no es nada fácil. Mario Martínez (Alicante, 1945), que ha sido profesor de Historia Moderna en la Universidad de Alicante, y José Payá (Biar, 1970), profesor de Lengua y Literatura en un instituto de educación secundaria de Banyeres empezaron a escribir una historia como si de un juego se tratara, intercambiando capítulos y haciendo avanzar la novela poco a poco, a fuego lento, y ese carácter lúdico se mantiene a lo largo del libro, a veces muy serio, a veces dando la sensación de ser una "tomadura de pelo" al lector. Pero no, el análisis no es tan sencillo ni superficial, no es una tomadura de pelo, es un ejercicio de diversión de los escritores, que se ríen de sí mismos, primero, y que ponen en una coctelera los elementos clásicos de la novela negra para crear un producto no tan manido. 
Hay mucho de diversión, de ritmo rápido frenado por pocos momentos reflexivos, tal vez muy pocos a mi gusto (que soy muy fan de las pausas culinarias de Camilleri y su inolvidable Montalbano, o de Vázquez Montalbán y su Carvalho), y también subyace algo de ironía social, con unos personajes movidos por la codicia pero también por los celos, la frustración de la vida rutinaria o el amor. Pero de entre todos ellos destacan, no como podría ser habitual en una novela negra al uso, los dos asesinos, el Socio y el Libros, que deben matar a dos personas grises alter ego de los propios escritores (genial este recurso). Los policías también están, y ganan protagonismo cuando avanza la novela, pero son las motivaciones de estos supuestos profesionales del asesinato los que reciben gran parte de la atención. Dos asesinos que se las dan de "cultos", y que para no entender de literatura resulta que han leído a Rulfo, Greene, Vila-Matas, Baricco, etc.
La acción transcurre con rapidez en pocos días y se localiza en Pinoso, Alicante, Biar y Sax, y ya de buenas a primeras nos encontramos de bruces con el dilema de afrontar una novela en la que no importa, como bien se dice en el prólogo, el "cómo se hizo" o "quién fue el asesino" sino las motivaciones que llevan a los múltiples asesinatos que salpican la historia. 
Es una novela entretenida con un punto fuerte a mi parecer: la prosa. Hay un dominio, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la formación de los autores, del léxico en sus diferentes contextos, de la construcción de la narración, ponen las palabras que tocan cuando toca y hacen muy fácil la lectura. Sin embargo, en el debe de la novela tengo que decir que tantos requiebros y sorpresas en la historia me generaron al principio un cierto desconcierto, que se supera a mitad de novela. Están bien los giros inesperados pero a veces el lector necesita ciertos asideros para no caerse. Seguramente los autores dirán que precisamente querían jugar al desconcierto entre ellos, vamos, a gastarse ciertas "putadas" que les hicieran repensar el hilo de la narración, pero bueno, para haber sido un reto complicado, han salido airosos del entuerto. Eso es muestra de la habilidad de los autores que solo se consigue con un buen bagaje de lecturas.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque

Erich Maria Remarque (seudónimo de Erich Paul Remark, 1898-1970) noveló parte de sus experiencias como combatiente en la I Guerra Mundial en un libro publicado en 1929 que se convirtió rápidamente en un éxito internacional.
Cuando leí un día que Sin novedad en el frente era uno de los alegatos más antimilitaristas que se han escrito (creo que el artículo era de Jacinto Antón en El País), en seguida fui a comprármelo, junto a El miedo, de Gabriel Chevalier. Los compré hace un tiempo pero ha sido ahora, que se conmemora el centenario del inicio de la Gran Guerra, cuando he sabido que era el momento de estos libros, porque sí, también los libros tienen su momento. Como dato biográfico importante a saber sobre Remarque, decir que en 1932 abandonó Alemania huyendo del nazismo, así que los nazis incluyeron este libro entre los que quemaron públicamente en 1933, cuando organizaban esas hogueras con las que pretendían "purificar" las mentes de los alemanes. 
Los nazis quisieron borrar un libro que cuenta la guerra descarnada, sin héroes, sin medallas, sin honor, y esta imagen era absolutamente contraria a la propaganda militarista del fascismo.
En palabras del joven veinteañero que relata de forma sobria sus experiencias en las trincheras, el soldado alemán Paul Bäumer: "Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación, el miedo, la muerte y el tránsito de una existencia llena de la más absurda superficialidad a un abismo de dolor. Veo a los pueblos lanzarse unos contra otros y matarse sin rechistar, ignorantes, enloquecidos, dóciles, inocentes. Veo a los más ilustres cerebros del mundo inventar armas y frases para hacer posible todo eso durante más tiempo y con mayor rendimiento."
Esta reflexión del protagonista podría aplicarse perfectamente a cualquier guerra y a cualquier bando, porque en esta novela lo único que se salva es el compañerismo y la solidaridad entre el grupo de jóvenes soldados alemanes, todo lo demás es la barbarie del hombre. Y lo triste es que esa barbarie se multiplicó durante la siguiente guerra mundial, en la que no solo los hombres se mataban por el amor a la patria sino también para exterminar a las razas odiadas.
La novela es brutal por su lenguaje directo y sin metáforas: las bombas caen para destrozar cuerpos, los gases tóxicos hacen estallar los pulmones, los miembros son amputados sin piedad, y los soldados han perdido la poca humanidad que les quedaba cuando salieron de la acelerada instrucción en el cuartel. 
Se denuncia un mundo en el que los propios docentes incitaban a los jóvenes a alistarse porque era el mejor servicio que podían hacer por su país. Se critica una sociedad que veía con euforia el inicio de una guerra que pondría a cada uno en su sitio, aunque los únicos que pagaron los platos rotos de la alta política fueron los millones de obreros y campesinos que murieron sin saber a ciencia cierta por qué luchaban. Nuestro protagonista cuestiona esa educación militarista que el emperador Guillermo II había fomentado en las escuelas alemanas: "Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir". Y sin embargo, fueron enviados al matadero.
Y la guerra "les ha echado a perder para cualquier cosa". Los que sobrevivan serán carne de cañón para ideologías extremistas que prometan una vida mejor y que sepan encauzar el odio acumulado de esos infelices hacia un enemigo concreto. Son carne del nazismo.
Estamos ante una obra primordial para entender el verdadero sentido de la guerra, ante un documento tan real que resultaba peligroso para las ideologías totalitarias. Un testimonio que cuenta qué es la guerra, y para conocerla no hay que ir solo a los museos a ver medallas, hay que ir a un hospital: "Sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra".

lunes, 22 de septiembre de 2014

El topo, de John Le Carré

En 1974 John Le Carré escribió la tercera novela de la "serie Smiley", y una de las más conocidas y celebradas del autor británico: El topo (Tinker Tailor Soldier Spy fue su título original). 
El argumento es bien sencillo: George Smiley, que está apartado del Servicio Secreto británico (MI6), recibe un encargo especial que pocos dentro del propio Servicio deben conocer, a saber, descubrir al espía que está pasando información a los rusos, es decir, al topo. Y lo peor para Smiley es asumir que ese espía no es uno cualquiera sino alguien de las más altas esferas del Servicio por cuanto tiene acceso a información muy reservada, reduciendo las sospechas a un grupo de cuatro hombres.
John Le Carré aprovechaba por tanto la historia para presentarnos las grietas internas de un Servicio podrido por dentro que lleva varios fracasos a sus espaldas y que vive a la triste sombra de los dos grandes servicios secretos, el americano y el ruso, en plena Guerra Fría. Y la forma de describirnos las grietas de ese "edificio" es absolutamente magistral, hasta el punto que de manera deliberada acabamos por creer que nadie dentro del Servicio es trigo limpio, teniendo en cuenta que Smiley está fuera.
Lo que hace muy atractiva esta novela, además de la ansiedad por conocer quién es el traidor inglés que ha vendido los secretos a los soviéticos (en clara referencia al espía británico Kim Philby que en los años 60 desertó a la URSS desvelando que había sido un topo durante muchos años, y que por cierto para el que John Le Carré llegó a trabajar), es sin duda el carácter y forma de trabajar de Smiley: como si fuera una hormiga, construye poco a poco las pruebas que luego utilizará para desenmascarar al traidor, y lo hace de forma concienzuda, leyendo y releyendo documentos, entrevistando a testigos de operaciones que han fracasado, y atando cabos que conducen a una trama soviética bien hilvanada por el espía ruso conocido como Karla, del que se habla por primera vez en esta novela.
No es Smiley por tanto, como ya hemos explicado en otra ocasión, un espía de acción, carreras y disparos, sino más bien un ratón de biblioteca muy perspicaz e inteligente que desentraña la trama a medida que leemos más y más páginas, es más un Maigret que un Bond, y eso lo hace más atractivo como personaje. 
La trama nos lleva a conocer detalles de la "Operación Brujería", la fuente "Merlín" y el agente Jim Prideaux, desaparecido, pero clave para que Smiley pueda señalar por fin al culpable de que el Servicio Secreto británico sea el hazmerreir de los rusos.
No puedo mas que recomendar la lectura de esta estupenda novela de espías que se disfruta desde la primera página hasta la última. Es de lo mejor de John Le Carré y de él casi todo es muy bueno.
Recomiendo además de manera entusiasta la reciente película de El topo (Tomas Alfredson, 2011), en la que Gary Oldman encarna tan estupendamente al apocado Smiley que uno ya no puede disociar el aspecto del espía de las facciones del actor británico. En la película también hay un cameo del propio Le Carré.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Victus, de Albert Sánchez Piñol

Si han leído La piel fría (2002) entonces ya sabrán que con Albert Sánchez Piñol (Barcelona, 1965) estamos ante un escritor singular, que para empezar suele publicar en catalán, pero que de forma sorprendente, eligió el castellano para una novela que iba a contar uno de los episodios históricos más importantes de la historia de Cataluña, la Guerra de Sucesión Española (1702-1714), que acabaría con la caída de Barcelona en manos borbónicas un 11 de septiembre de 1714.
Muchos de sus lectores habituales se sorprendieron de esta decisión pero el autor manifestó que le apetecía contar esta historia en castellano y ya está. Si Victus (2012) se hubiera publicado en catalán, lo hubiera leído igualmente porque al fin y al cabo lo que interesa aquí es la historia. La historia del asedio y caída de la última ciudad del bando austracista contada a través de la memoria de su personaje protagonista, Martí Zuviría, un barcelonés convertido en ingeniero militar que, ya viejo, nos cuenta con detallismo e ironía una guerra que dejó unas heridas todavía abiertas en los territorios de la Corona de Aragón, y un drama, el de los barceloneses, que dieron su vida por defender algo más que una ciudad, su cultura, su lengua y sus derechos ante lo que consideraban el peligro absolutista de los Borbones. 
Sánchez Piñol no ha escrito esta novela para reivindicar políticamente a un bando o a otro, no la ha escrito para decir que Castilla y los Borbones, en concreto el "Felipito" (Felipe V), eran aborrecibles y que la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Baleares) representaban las libertades y las bondades de un sistema perfecto que apostó por un candidato perfecto, el "Karlangas" (el archiduque Carlos de Austria). No, no es blanco o negro, o al revés, no fue una guerra tan maniquea.
Porque en el bando borbónico lucharon valencianos y catalanes que apostaron por un nuevo modelo de estado, y fueron llamados botifleros; y en el bando austracista hubo castellanos que se distinguieron por su lealtad a la causa del archiduque Carlos, aunque éste no se la mereciera, como es el caso de Antonio de Villarroel, militar que primero fue borbónico y luego austracista, que dirigió la defensa de Barcelona durante 13 meses y tras caer la ciudad fue apresado por los borbónicos sufriendo muchas penalidades. Él representa el espíritu de esta novela, el de los héroes, con nombre o anónimos, que lucharan en el bando que lo hicieran, lo hicieron con todas las consecuencias, y no huyeron cuando las cosas se pusieron feas. Y puestos a rendir cuentas, Sánchez Piñol, con todo el rigor histórico posible, a través de Martí Zuviria, pasa factura a los cobardes e ineptos dirigentes de la ciudad de Barcelona, los llamados "felpudos rojos", políticos más preocupados por su pellejo y sus bienes (aunque hubo excepciones como la de Sebastià Dalmau) que por ganar la guerra; y por supuesto al que se suponía que iba a ser mejor rey que Felipe V, el candidato austracista Archiduque Carlos, que en cuanto se olió que Barcelona no sobreviviría a un largo asedio y que los ingleses le habían abandonado dijo aquello de "pies para qué os quiero" y puso su culo en Viena a buen recaudo. 
La novela está magistralmente contada y se devora con avidez (aunque se obvian algunas partes de la guerra que hubiera sido interesante narrar, como la batalla de Almansa), y la galería de personajes es amplia y pintoresca, y encima (salvo alguna licencia) real, con episodios humorísticos tan chocantes como la indigestión de langostinos que le costó la vida al mariscal francés Vendome. Además, se cuenta tan bien que si no tienes idea de lo que pasó en esta guerra y por qué comenzó, te enteras enseguida, aunque hay que dejar claro que el núcleo principal de la novela, además de la etapa de formación de Zuviría como ingeniero militar y sus comienzos en el ejército borbónico, es sin duda alguna la guerra en Cataluña y el asedio de Barcelona, en el que Zuviría se convirtió en la mano derecha de Villarroel.
Sánchez Piñol ha construido un relato en el que huye de mitificaciones y episodios magnificados por la historiografía, ya sea española o catalana, cuenta las cosas como sucedieron y no duda en pedir cuentas tanto a borbónicos, que realizaron una dura represión en Valencia y Cataluña, como a austracistas, que más allá de defender a un mediocre candidato, no sabían que seguían defendiendo los privilegios e intereses de la nobleza y la burguesía, mientras el pueblo poco pintaba. Ya lo dice el dicho popular: "Entre Carlos tres i Felip cinc, m'han deixat amb lo que tinc!"
Zuviría acaba por decir: "En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro". 
Recordemos que en Cataluña (y Valencia) todo el orden jurídico fue arrasado y sustituido por el de Castilla. Durante décadas Cataluña fue considerada tierra ocupada militarmente. Todos los gobernantes que tuvo procedían de Castilla y el catalán desapareció de los documentos públicos. 
Cuando uno abre heridas tan profundas, cómo no entender que ese desencuentro, trescientos años después, en 2014, continúe entre muchos catalanes y valencianos...