jueves 16 de febrero de 2012

Festín de cuervos, de George R.R. Martin

Festín de cuervos (2005) es la cuarta entrega de la saga Canción de hielo y fuego, la novela río fantástico-medieval que Martin está construyendo desde hace años. La quinta entrega está todavía en inglés (A Dance with Dragons -2011), aunque dentro de poco podremos ya disfrutarla en castellano con el título de Danza de dragones. Será una narración simultánea a lo que se cuenta aquí.
Para quien hubiera llegado a Tormenta de espadas, la tercera entrega, e imagino que disfrutando como nunca de un magnífico relato fundamentado en personajes sólidamente construidos, estaría ansioso por comenzar la cuarta novela y saber qué le pasa a esos personajes que hemos elegido como nuestros preferidos: Tyrion Lannister, Daenerys Targaryen o Jon Nieve, por citar a algunos. Pues deberán esperar a la quinta entrega, pues Martin ha decidido, y no caprichosamente, pues todo tiene su sentido, "aparcar" a algunos de los personajes centrales de las anteriores entregas, y centrar su atención en aquellos que también forman parte del juego de tronos que se dirime en los reinos de Poniente, mostrándonos qué pasa en Dorne, las islas del Hierro o en Braavos, al otro lado del mar Angosto. De esta manera sabremos cómo Euron Greyjoy se convertirá en el nuevo rey de las Islas del Hierro, para luego atacar con su flota los dominios de Altojardín; sabremos que Arianne Martell es una princesa retenida por su padre, el príncipe de Dorne, Doran Martell, quien tiene un plan más sutil para provocar la guerra contra la reina regente Cersei Lannister.
Pero los personajes principales de esta entrega no pueden ser considerados precisamente secundarios de esta magnífica saga: Brienne, Sansa-Alayne, Samwell, Jaime, Arya. 
Brienne, la Doncella de Tarth, tiene el encargo de Jaime de buscar a Sansa, y su viaje acabará con una sorpresa mayúscula (es una pena no poder contar detalles importantes de la novela pero uno tiene que disfrutar los momentos estelares sin que se los chafen), y no sé, me gustaría decir que Brienne es un personaje especial, una mujer que quiere ser respetada como caballero y que tiene un alto sentido del honor, tiene mucho que protagonizar todavía (espero, porque con Martin nunca se sabe). Sansa, convertida en Alayne, la hija de Petir Baelish, Meñique, está escondida en el Nido de Águilas, transformándose en otra persona, madurando también, y asumiendo que los caballeros galantes que salvan princesas y se casan con ellas son para las canciones de los bardos; también su futuro es muy interesante. En cuanto a Samwell, ha recibido el encargo de Jon Nieve de convertirse en un maestre, y por tanto viaja a Antigua con Elí y su hijo, además del maestre Aemon; por el camino, en Braavos, tendrá un breve encuentro con Arya, a la que no conoce, transformada ahora en una vendedora de pescado además de novicia del Templo del Dios de múltiples Rostros. Arya siempre alejándose de su Invernalia y conociendo el mundo.
Mientras, en Desembarco del Rey, Cersei Lannister ejerce de reina regente ante la minoría de edad de su hijo Tommen, y trata de minimizar la influencia que su nuera, Margaery Tyrell, tiene sobre su hijo. De cómo su plan se irá al traste y se complicará la vida, literalmente, poco puedo decir, pero va a necesitar la ayuda, supongo que eso es lo que ocurrirá, de su hermano y antiguo amante Jaime. Es Jaime, podríamos decir, el personaje más interesante de esta entrega, si teníamos una imagen odiosa de él, Martin, como ya hiciera con Tyrion, se va a encargar de "humanizarlo", hasta que entendamos muchas de las cosas que pasan por su cabeza, el estigma de ser el "Matarreyes", sus sentimientos encontrados con Cersei. Además, se nota que es un Lannister, su inteligencia política le lleva a resolver el problema del asedio de Aguasdulces y a poner un poco de orden en Harrenhal. Mientras hace todo eso, se entrena todas las noches para tener habilidad con la espada con su mano izquierda, una vez que quedó manco de la derecha. Ya no es ese Jaime que conocimos al principio, es un personaje que ha madurado. Y eso es mérito de Martin, conseguir que aquellos personajes que "odiamos" pasen a provocarnos confusión porque queremos clasificar a los personajes en "buenos" y "malos", pero esa confusión al final se convierte en respeto y admiración.
Y Daenerys Targaryen no aparece, pero todos hablan de la inminente llegada de la señora de los dragones... Ya queda menos.

miércoles 18 de enero de 2012

Seis ejércitos en Normandía, de John Keegan

Dentro de la literatura histórica dedicada a la Segunda Guerra Mundial, el Día D, 6 de junio de 1944, ha quedado señalado en el calendario de las fechas claves de la historia de la contienda más devastadora que haya sufrido el mundo. 
La apertura del Segundo Frente se convirtió en 1943 en una de las prioridades del mando aliado una vez que la guerra podía desplazarse a Europa tras la caída del Afrika Korps en Túnez y la invasión de Sicilia en julio de 1943. Precisamente, el éxito de la invasión de la isla italiana permitía diseñar con mucha paciencia una operación anfibia a gran escala para invadir las costas francesas y satisfacer así las frecuentes peticiones de los rusos de abrir con urgencia un frente occidental. Así fue como comenzó a plantearse sobre el papel la operación Overlord.
Y es precisamente esta operación, y después toda la campaña de Normandía desde el 6 de junio de 1944 hasta la liberación de París, en agosto, lo que nos cuenta, de forma magistral, el historiador británico John Keegan (1934), especializado en ensayos militares tales como Historia de la guerra o El rostro de la batalla.
Keegan construye en Seis ejércitos en Normandía (1982) un relato que comienza mucho antes del Día D. El camino para asumir la apertura de un Segundo Frente por parte de americanos y británicos no fue fácil, estuvo lleno de titubeos, puesto que en 1942 la guerra en el Pacífico parecía exigir un esfuerzo mucho mayor para los americanos y algunos generales abogaban por reforzar este frente. Finalmente se aceptó la apertura del Segundo Frente gracias al trabajo intenso de algunos personajes que vencieron esa sensación de fracaso que parecía planear sobre los dirigentes aliados ante un hipotético desembarco en Francia. La famosa "Muralla del Atlántico", que luego no fue tal cosa, parecía imponer mucho, y además, a cargo de las defensas se encontraba Erwin Rommel, el prestigioso mariscal alemán que había sabido sacar todo el rendimiento a sus tropas, en condiciones de inferioridad numérica y logística, en la guerra del desierto. ¿Quién mejor que él para defender Francia de una invasión? ¿Y quién mejor que él para no entender las absurdas, en ocasiones, órdenes de Hitler?
Lo cierto es que los Wedemeyer, Eisenhower, Marshall o Brooke fueron allanando con sus informes el camino para dirigir la estrategia aliada hacia Francia. Para Wedemeyer, un oficial americano instruido en la escuela militar alemana, la estrategia era clara: "Debemos prepararnos a combatir contra Alemania, llegando al cuerpo a cuerpo con ella desde ahora mismo, derrotando a sus fuerzas terrestres y quebrando definitivamente su voluntad de resistencia". Wedemeyer urgía a un ataque a gran escala sobre Europa porque en la guerra no se puede ignorar una verdad estratégica que dijo Federico el Grande a sus generales: "Quien defiende todo, no defiende nada".
Tal vez, lo que más se temía en el mando aliado era una guerra de desgaste al estilo de la Primera Guerra Mundial que agotara a Gran Bretaña y Estados Unidos. Lo cierto es que algunos eran partidarios de mantener una presión constante en varios frentes secundarios para disminuir la capacidad de recuperación (en soldados y carburante) de Alemania. En cambio se impuso la tesis del ataque directo a Francia, poniendo ya toda la carne en el asador. Sería en mayo de 1944 (luego retrasado a junio) y sería en Normandía.
Precisamente la zona de desembarco elegida por el mando aliado desconcertó tanto a los alemanes, debido a la información falsa que recibían gracias a la labor del espionaje aliado en este sentido (se llegó a inventar todo un ejército, comandado por Patton, que estaba preparándose para invadir en el paso de Calais), que los primeros días después del Día D fueron de absoluto desconcierto en el mando alemán, con algunas tropas de mala calidad defendiendo las playas (hay que decir que combinadas con unidades SS de excelente calidad), las divisiones desperdigadas y enviadas con desorden, y un comandante, Rommel, que justamente el 6 de junio celebraba su cumpleaños lejos del frente. Como dice Keegan, "a igualdad de fuerzas entre atacante y defensor, lo que hace triunfar la ofensiva es el elemento sorpresa".
Aun así, Rommel había fortificado las defensas de las playas de Normandía y sabemos que el desembarco no fue fácil, que se lo digan a los americanos en la playa Omaha (como se ve en Salvar al soldado Ryan), aunque los canadienses y los británicos se llevaron también de lo lindo. Superado ese punto crítico en el que pudo haber fracasado la operación Overlord, lo cierto es que toda la campaña de Normandía es un ejemplo de lo que supone el peso de la superioridad numérica y logística de los aliados para la obtención de la victoria. Los alemanes se defendieron con uñas y dientes, y eso dice mucho de su profesionalidad y su capacidad para sobreponerse a las adversidades en el campo de batalla, pero con una superioridad aérea aliada aplastante, las divisiones panzer eran destrozadas incluso antes de entrar en batalla una vez localizadas, y los soldados alemanes quedaban tan aturdidos tras caer cientos de bombas sobre sus posiciones, que sorprende (si habláramos de otro ejército menos preparado) que muchas veces se sobrepusieran y se pusieran a defender sus posiciones. Porque eso fue la campaña de Normandía, para los alemanes una obligada batalla defensiva, por mucho que Hitler se inventara sobre el mapa grandiosas ofensivas que romperían las líneas aliadas y empujarían a los aliados al mar (como en Dunquerque 1940) o prohibiera el movimiento de divisiones que estaban al otro lado del Sena esperando una supuesta segunda invasión por Calais. Cuando los mandos alemanes, el primero Rommel, sugerían o insinuaban una retidada estratégica de las fuerzas alemanas para montar una línea defensiva mucho más atrás, Hitler reaccionaba tachándoles de cobardes y destituyéndoles. Pero el siguiente general que se ponía al mando de las tropas alemanas en Normandía volvía a llegar a la misma conclusión. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: buena parte del ejército alemán fue cercado en la famosa bolsa de Falaise.
El relato que construye Keegan desde las primeras horas del Día D, con el lanzamiento de las tropas aerotransportadas sobre Normandía para tomar puntos estratéticos, es sencillamente delicioso. Centrándose principalmente en contar lo que las tropas británicas hicieron, sobre todo escoceses, canadienses, incluso polacos, aunque sin desdeñar el papel de americanos y franceses (en ningún momento trata de minimizar sus acciones), y realizando un tratamiento bastante benévolo de la controvertida figura del general inglés Montgomery (véase el fracaso de la operación Epsom), a cargo en el terreno de la operación Overlord (habría que leer a Beevor para ver otra visión más negativa de Monty), Keegan nos cuenta pequeños episodios de la guerra que por la valentía de sus protagonistas se convirtieron en la mitología de la campaña (el famoso teniente Richard Winters, del 506º regimiento de Infantería Paracaidista, protagonista de la serie Hermanos de sangre, tiene aquí una fugaz aparición), y es esa aproximación a las hazañas, aunque también miserias, de algunos soldados y de algunas unidades, lo que hace especial este libro. Sainte-Mère-Église, el puente Pegasus, Villiers-Bocage, Caen (cuyo centro histórico medieval fue bombardeado hasta los cimientos cuando los alemanes ocupaban posiciones defensivas en el extrarradio de la ciudad, de hecho, un médico francés dijo: "el bombardeo fue absolutamente inútil. No había objetivos militares."), Carentan, Mortain o Falaise son lugares obligados en la geografía de la batalla que decidió casi la guerra, puesto que todo un grupo de ejércitos alemán fue destrozado. 
Ya sabemos que Hitler provocó, con su obstinada aura de superioridad en lo concerniente a la dirección de la guerra (porque había acertado en la invasión de Francia de 1940), algunas catástrofes al ejército alemán (Stalingrado es un ejemplo) pero las decisiones que tomó sobre la campaña de Normandía lo dejan en el lugar que le corresponde, en un pésimo estratega. Keegan abunda en ello: "Hitler empezó a ejercer un control sobre el desarrollo diario de las distintas campañas en 1941 y fue descendiendo a un nivel cada vez más detallado y minucioso. Cuando las cosas salían mal, acusaba a un general cualquiera de insubordinación (para llegar a sospechar de traición cada vez más). Cuando las cosas iban bien,..., su confianza en su juicio "operativo" crecía." Precisamente, si hubiera confiado más en el "talento operativo" de algunos generales alemanes, las cosas no habrían ido tan mal en Normandía. Pero eso ya no es historia.
En perspectiva, los alemanes perdieron 27 divisiones de infantería en la campaña de Normandía, y de los 500 mil soldados alemanes desaparecidos, 250 mil estaban muertos. La suerte de Alemania estaba echada.

sábado 24 de diciembre de 2011

La soledad del manager, de Manuel Vázquez Montalbán

Es La soledad del manager (1977) una novela policiaca corta pero escrita de forma deliciosa, casi poética, por un Manuel Vázquez Montalbán que disecciona con maestría una época histórica especialmente interesante, la llamada Transición a la democracia en España. Y lo hace con los ojos del detective privado, antes agente de la CIA, Pepe Carvalho, un trasunto digno del Marlowe de Raymond Chandler. Acompañado de secundarios muy principales como su ayudante (y cocinero) Biscuter, de su "novia" Charo, una prostituta con mucho encanto, o su limpiabotas habitual, Bromuro (obsesionado con la idea de que en el agua y en el pan nos echan bromuro para dejarnos atontados), Carvalho describe con ojo crítico la convulsa situación política y social de una Barcelona que empieza a despertarse del letargo franquista y a adaptarse poco a poco, con temor y precaución, a los nuevos aires de democracia tímida y frágil. 
Estamos en 1977 (un año en el que "un perro se había muerto de tristeza en el Japón porque su dueño no había vuelto a casa"), Carvalho recibe el encargo de una joven viuda de investigar la muerte de su marido, Antonio Jaumá, manager de una empresa multinacional con muchos intereses económicos y políticos ocultos, el investigador deberá conocer a fondo, a través de los viejos amigos del fallecido, el ambiente de una oligarquía económica que se prepara para seguir mandando en la nueva situación política, son los que ganaron dinero en la corrupta dictadura franquista, y quieren, con la democracia, continuar con su liderazgo social y enriquecimiento material. Aunque alguno de los amigos de Jaumá, como Núñez, tenga un ideario izquierdista, y no comulgue con las maniobras de la burguesía industrial catalana para perpetuar su preponderancia económica y social, lo cierto es que Carvalho observa desencantado cómo la oligarquía económica, antes franquista, ahora democrática porque toca, juega al juego del miedo a la extrema derecha (se mencionan los asesinatos a los abogados laboralistas) y a la extrema izquierda (las continuas manifestaciones de izquierdistas en las Ramblas, el GRAPO y la ETA) para perpetuarse en el poder con una nueva etiqueta, el "centro derecha". Lo cuenta Montalbán en 1977 y en ese contexto concreto, pero no me digan que esta acertada disección de la realidad no es aplicable en la situación económica actual: Biscuter pregunta qué quiere decir Carvalho con "desestabilizar" y éste aclara: "Creas la sensación de que el poder no controla la situación y de que el sistema político no sirve para garantizar el orden... Casi siempre en favor del propio poder, que así obtiene coartadas y cheques en blanco para hacer lo que le pasa por los cojones y como le pasa por los cojones".
Mucho me recuerda Carvalho al Philip Marlowe de Chandler, porque no deja de ser otro detective pesimista y cínico, crítico con la sociedad corrupta, con un punto de idealismo. Incluso Carvalho llega a plantearse a quién imitar, a Bogart interpretando al Marlowe de Chandler, a Alan Ladd en los personajes de Hammet (como el detective Sam Spade). Aunque Carvalho tiene unos rasgos que le hacen tener una personalidad muy propia (y que Camilleri homenajea constantemente con las novelas protagonizadas por el comisario Montalbano): es un amante fiel de la buena cocina (y abundante: "Cuando Gracián escribió que "...lo bueno, si breve dos veces bueno" no pensaba en la comida o bien se trataba de uno de esos mugrientos intelectuales de mierda capaces de alimentarse de sopas de letras..."), disfrutando de su pericia en los fogones, solo o acompañado de su vecino, o saboreando buenos platos en restaurantes escogidos. Sus menús no son precisamente minimalistas, y para muestra un botón: "Una tortilla de ajos tiernos para empezar, un plato de "múrgulas" con vientre de cerdo para continuar y finalmente un bacallà a la llauna previo a un plato de frambuesas". Eso es comer bien. Los momentos relacionados con la cocina le permiten un alto en el camino muy saludable, para relajarse, reflexionar o conversar.
Un hombre que siempre enciende la chimenea de su casa de Vallvidrera, tanto en invierno como en verano, utilizando libros de su selecta biblioteca, sobre todo aquellos que son "trascendentales" para la literatura ("Buscó La crítica de la razón dialéctica de Lefevbre, Así se templó el acero de Ostrovski y Ensayos sobre Heine de Sacristán"). El propio Carvalho lo justifica así: "Suelo encender la chimenea con libros trascendentales. Cuanto más pretensión de trascendentalidad, más culpabilidad. Seguro que han conseguido engañar a alguien". Montalbán te adereza el relato no solo con humor negro sino con un humor de sal gorda para deleite del lector, como cuando Carvalho le dice a Biscuter que se busque novia, se vaya de putas o se haga una paja para quitarse esa tristeza. Entonces, Biscuter, ni corto ni perezoso, responde: "Novia, qué dice usted, pues no me propone nada. Y las putas me dan risa. Cuando me dicen: Anda, calvito, tráeme la minina que te la voy a lavar, me entra una risa. Y pajas, qué me dice. Es que no paro. Con una mano, con la otra. Incluso aplico el sistema de la mano dormida. Me tumbo en la cama sobre una de mis manos hasta que se me corta la circulación de la sangre y me queda morcillona. Entonces no parece mi mano, sino otra cosa, y me hago la paja".
Un ex agente de la CIA que es un ferviente antifranquista desde el comunismo ya no tan militante, que pertenece no a la célula de detectives privados del partido comunista, sino "a la célula de gastrónomos". Un charnego integrado en Cataluña, aunque no de los charnegos que odia el contable Alemany, "los verdaderos charnegos son algunos catalanes. Como Samaranch, Porta y otros botiflers que han hecho el caldo gordo al franquismo".
Y como colofón, esta reflexión sobre la cultura a cargo de Carvalho-Montalbán: "Yo saco el mechero [cuando oigo la palabra cultura]. La cultura es guisar con salsas o sin salsas, vivir como un mortal o como un inmortal, prestar a la mujer propia o conseguir la de los demás, es decir, cultura francesa o inglesa, española o americana, esquimal o italiana. Lo que usted llama cultura es ortopedia verbal o letrista".
Como siempre, un deleite leer a Vázquez Montalbán.

miércoles 14 de diciembre de 2011

La goleta Nutmeg, de Patrick O'Brian

Decimocuarta entrega de la maravillosa serie de Aubrey y Maturin magistralmente escrita por el escritor británico (él siempre había dicho que era irlandés) Patrick O'Brian (1914-2000), y que desgraciadamente poco a poco va llegando a su fin (son veinte novelas), y es por ello que cada vez ralentizo más las lecturas de esta serie, intentando evitar lo inevitable. Y es que cada novela, de la primera hasta ésta última, es un portento de magnífica literatura, aquella que es capaz de transportarte y mantenerte con los cinco sentidos puestos en ella. 
Algunos recordarán al capitán Jack Aubrey y el médico y naturalista Stephen Maturin por la buena película de "Master and Commander: al otro lado del mundo" (2003), que adaptaba un par de entregas de la serie, y reconozco que desde entonces no puedo imaginar a Aubrey y Maturin sin las caras de Russell Crowe y Paul Bettany respectivamente.
En esta entrega, La goleta Nutmeg (1991) o The Nutmeg of Consolation, Aubrey y Maturin y la tripulación de la Diane, que ha encallado en un arrecife en las Indias orientales holandesas, se encuentran en una isla intentando construir un pequeño barco para poder llegar a Batavia cuando son asaltados por unos piratas malayos. Después de conseguir abandonar la isla, Aubrey se pone al mando de una goleta holandesa rebautizada con el nombre de Nutmeg, y con el objetivo, ambicioso, de capturar una fragata francesa de 32 cañones, la Cornelie, que navega por esas aguas.  Pero el plan de hacerse pasar por un barco mercante es descubierto por los franceses, que emprenden una emocionante persecución para capturar la goleta. Ésta, afortunadamente, encontrará en la ruta de escape, como preveía Aubrey, a su querida fragata Surprise. Después de hacerse con el mando de ésta, Aubrey se dirige a Nueva Gales del Sur (el asentamiento colonial británico en Australia) para reponer víveres y poder regresar a Inglaterra, colonia que dejará una pésima impresión en nuestros protagonistas, ya que se encuentran una colonia a la que los ingleses envían a los peores presos para trabajar como esclavos en las granjas, presos que reciben brutales palizas por no cumplir con sus obligaciones. De la población indígena de la colonia, los aborígenes australianos, los colonizadores ingleses piensan esto: "[Los irlandeses] No son muy diferentes de los aborígenes de aquí, señor, que son las personas más perezosas del mundo. Si usted les da ovejas, no esperan a que formen un rebaño, sino que se las comen enseguida. Entre ellos tiene que haber forzosamente pobreza, suciedad e ignorancia".
A los dos personajes principales siempre acompañan algunos secundarios fieles a todas las entregas como el timonel Bonden, el malhumorado despensero Killick, y últimamente el ayudante de Maturin en la enfermería, el reverendo Martin. En cambio, en esta entrega me gustaría centrarme en el personaje de Stephen Maturin ("Es un hombre feo, bajo, de complexión débil y de tez pálida", así lo describe un funcionario), tal vez mi personaje preferido en esta serie, porque Maturin es a principios del siglo XIX, y en el marco de las Guerras Napoleónicas, un personaje que aglutina muchas facetas: irlandés papista con orígenes catalanes, es médico y cirujano de la Surprise, pero también naturalista, agente secreto de la Armada Real, músico aficionado, y fiel amigo del capitán Jack Aubrey. Y de hecho, esta novela, está escrita la mayoría de las veces desde la perspectiva y la mirada de Maturin, una mirada científica pero también política. Su mirada científica nos lleva a compartir su pasión por descubrir nueva flora y fauna, explorar nuevas islas o enfrentarse a las enfermedades, que al fin y al cabo fue la pasión de los hombres ilustrados durante los siglos XVIII y XIX. 
Su mirada política se dirige al problema irlandés. Cuando Maturin tiene que valorar la reciente insurrección en Irlanda (1798), comenta: "Es extraño que cuando los habitantes de las colonias inglesas de América se separaron de Inglaterra..., les apoyaron muchos ingleses,..., y en cambio cuando los irlandeses intentaron hacer lo mismo, nadie, que yo sepa, habló en favor de ellos". El tema de Irlanda aparece varias veces en la novela porque O'Brian quiere resaltar el desconocimiento de los ingleses hacia la isla vecina. Ese desconocimiento es patente incluso en Aubrey al decir que una carta está en griego, a lo que Maturin contesta: "No es griego, sino irlandés". Aubrey, extrañado, responde: "Así que los irlandeses tienen una escritura propia. No tenía idea." Pero será sobre todo la opinión de un clérigo inglés la que indignará sobremanera a Maturin: "Los irlandeses no merecen el apelativo de hombres.... Ahora, para colmo, les permiten tener sacerdotes también." 
La vida en los barcos de guerra de la época no era fácil, y un marinero debía convivir con muchas personas en espacio reducido, soportando habitualmente malos olores ("cuando hace mal tiempo, los marineros con peristaltismo o deseos de realizar la micción buscan un rincón aislado dentro del barco en vez de ir al retrete al aire libre situado en la proa"); esa convivencia era extensible a los animales habituales en los barcos, aunque la Nutmeg, sorprendentemente, al estar vacía y limpia, "no tenía cucarachas, ni pulgas, ni piojos, ni mucho menos ratones". Por cierto, las ratas tendrán un protagonismo especial en esta entrega cuando ingieran, en su avidez, las hojas de coca que el doctor Maturin guarda para sí mismo, ya que estas hojas de coca le permiten mantenerse más despierto y activo, reduciendo el sueño y el hambre.
Tampoco en la Armada se exigía que el cirujano del barco fuera un experimentado médico, antes mas bien un experimentado carnicero o barbero. Incluso el reverendo Martin es en esta entrega por un período breve el cirujano de la Surprise y su experiencia con la cuchilla, es a juicio de los tripulantes, buena "después de haber disecado tantos cocodrilos, babuinos y animales parecidos". Eso sí, Martin y Maturin hablan en latín delante de los pacientes para que estos no entiendan nada y por tanto los marineros consideran que el hecho de que hablen en latín es tranquilizante porque "era la lengua de los sabios, no de curanderos de animales que entraban en la Armada por cobrar una gratificación y se las daban de médicos en el castillo". Siendo un experto cirujano, Maturin reconoce que "en medicina se puede hacer muy poco aparte de hacer sudar, hacer sangrías y administrar una purga, como la píldora azul o un ungüento aún más fuerte. Pero la cirugía es otra cosa."
Maturin, por muchas millas que haya recorrido en los barcos de guerra británicos junto a Aubrey, nunca será un marino, bueno, es capaz de distinguir algunas velas y saber lo que es sotavento y barlovento, pero para Aubrey y los demás expertos marinos de profesión, poco sabe de los barcos. Así que cuando la Nutmeg se camufla como un vulgar barco mercante, Maturin, para indignación de Aubrey, no es capaz de distinguir los sutiles cambios en el velamen, la jarcia o la cubierta que hacen que un barco de guerra ya no lo parezca tanto. Y eso es lo que hace especial al doctor Maturin, su excepcional inteligencia para el espionaje, su dominio de la medicina y sus vastos conocimientos naturalistas se complementan con su torpeza en los barcos, su desinterés por los temas marinos y su difícil adaptación a la disciplinada y ordenada vida rutinaria en un barco de guerra.  
En fin, como siempre un placer leer a O'Brian.

lunes 12 de diciembre de 2011

Las memorias de Maigret, de Georges Simenon

A poco que uno indague sobre el escritor belga Georges Simenon (1903-1989) descubrirá una prolífica obra centrada sobre todo en la novela policíaca y en su personaje estrella: el inspector Maigret. Cuando Maigret ya llevaba varios casos resueltos, desde que comenzaran sus aventuras en 1931, en 1950 apareció una novela que es como una pausa en la relación literaria Maigret-Simenon que se prolongará hasta 1972: Las memorias de Maigret. Ésta es una novela atípica porque el inspector Maigret, lejos de protagonizar uno de sus casos, se dedica a recoger en unas memorias sus recuerdos y experiencias durante sus largos años trabajando en la Policía Judicial de París. Y lo hace para aclarar y desmitificar cierta imagen de su personalidad y su forma de trabajar que la pluma de Georges Simenon ha creado en las diferentes entregas que éste ha ido escribiendo hasta el momento.

Así que Maigret, el personaje, se sienta a escribir sobre su vida (recuerdos de la infancia, cómo conoció a su mujer, los diferentes trabajos y ambientes que ha conocido trabajando en la Policía Judicial, etc.), porque un joven Simenon (el autor y a la vez personaje en esta novela) se presentó en la oficina diciendo que iba a escribir novelas protagonizadas por él y eso ha hecho famoso al escritor y muy conocido al inspector. Por tanto, ha llegado el momento de contar todo aquello que Simenon no cuenta en sus novelas; todo aquello relacionado con el oficio de policía, que es casi como lo cuenta el autor, aunque el comisario también tiene ciertas cosas que aportar. 
Y así se construye un relato donde Maigret contará cómo conoció a un joven periodista llamado Georges Sim (luego Simenon) que deseaba "conocer a fondo el ambiente en que se desarrollan las operaciones". Maigret lo recibe de manera fría y esa frialdad se mantendrá durante mucho tiempo, porque para Maigret, el "Maigret" construido por Simenon no es él, y eso le molesta porque "al final, la gente me preguntaba de buena fe si yo había copiado sus manías, o si mi apellido era de verdad el de mi padre o si lo había copiado del novelista". Y esa imagen distinta construida por Simenon no ha sido rectificada constantemente por Maigret hasta que por fin ha decidido contar cómo es él en verdad, "que un día contaría con tranquilidad, sin malos humores ni rencor, mi versión, y que pondría los puntos sobre las íes de una vez por todas".
Pero cuando Simenon intenta explicar que lo que escribe en sus novelas es una verdad simplificada de los hechos, Maigret tiene que aceptar que en las novelas, para que el lector no se desanime ni se confunda, hay que simplificar algunas cosas a fin de que los casos sean más plausibles y exactos que la propia realidad, más compleja. 
Cuando Maigret descubre que también su personaje ha sido llevado a la televisión, reflexiona diciendo que es una extraña sensación "la de ver, en la pantalla, ir y venir, hablar y sonarse la nariz a un señor que pretende ser como tú, que tiene algunas de tus manías, pronuncia frases que has pronunciado, que se halla en unas circunstancias que has vivido, en unos escenarios a veces minuciosamente construidos".
La mirada de Maigret sobre su "verdadero" trabajo nos llevará a conocer, que más allá de los sorprendentes casos novelescos, hay un día a día en las calles de París en el que Maigret tiene que enfrentarse a los problemas de la inmigración, apuntando que "muchos no desean otra cosa que integrarse en nuestra sociedad y, si surgen dificultades, no son ellos quienes las provocan".  
Maigret es un inspector cuya experiencia acumulada durante tantos años le permite resolver muchos de los casos basándose en la comprensión del género humano, "vemos... toda suerte de hombres y mujeres, en todas las situaciones imaginables y de toda clase y condición. Los vemos, los catalogamos e intentamos entenderlos". Y más adelante dice: "La clave está en conocer. Conocer el ambiente en que se ha cometido el crimen, conocer el tipo de vida, las costumbres, los hábitos, las reacciones de las personas implicadas, sean víctimas, culpables o meros testigos. Entrar en su mundo sin aspavientos, con sencillez, y hablar como hablan ellos y con naturalidad". 
Su forma de trabajar me recuerda enormemente al gran comisario Montalbano de Camilleri.
El trabajo para el inspector es la mayoría de las veces tedioso y rutinario, y a veces los casos, recuerda Maigret, se resuelven de manera fortuita, siendo los asesinatos por envenenamiento los que más abundan. "Los restantes, los que interesan a los novelistas y a los llamados psicólogos, son tan poco frecuentes que sólo ocupan una parte insignificante de nuestra actividad".
Ésta es la versión de Maigret sobre los hechos, así es como trabajó y trabaja, a veces como lo cuenta Simenon y a veces no, pero el personaje se queda más tranquilo contando a los lectores que él también tenía cosas que decir al autor. Es algo así como un "ajuste de cuentas".
"En un estante de mi librería están alineados los volúmenes de Simeon, atestados de anotaciones hechas con lápiz azul; me complacía pensar que algún día rectificaría todos los errores en los que Simenon ha incurrido, bien por ignorancia, bien por añadir pinceladas pintorescas, o muchas veces porque no se atrevió a telefonearme para preguntarme algún detalle". 
Hubiera estado bien que el autor pudiera telefonear al personaje y pedirle opinión sobre algo que va a escribir. 

lunes 5 de diciembre de 2011

Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender

Ramón J. Sender nació en Huesca en 1902. Periodista y escritor comprometido con el movimiento anarquista, su obra siempre estuvo ligada a la denuncia de las injusticias políticas y sociales. En 1927 ingresó en la Cárcel Modelo de Madrid por sus actividades anarquistas contra el general Primo de Rivera. Escribió sobre la Guerra de Marruecos en Imán (1930), sobre el movimiento anarquista en Siete Domingos Rojos (1932), sobre la represión en Casas Viejas en Viaje a la aldea del crimen (1934), sobre el movimiento cantonalista en Cartagena en Mister Witt en el cantón (1935), con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Al estallar la Guerra Civil, se incorpora al frente en una columna republicana (la 1ª Brigada Mixta de Enrique Líster) que llegaba a la Sierra de Guadarrama desde Madrid. En octubre fusilaron a su mujer en Zamora. En 1937 consiguió dejar a sus hijas en Francia y en Barcelona pidió reintegrarse en una unidad anarquista pero los comunistas ya desconfiaban de la CNT y no se lo permitieron. De Barcelona pasó a Estados Unidos enviado por el gobierno para dar una serie de conferencias en favor de la causa de la República. Después trabajó en París en una revista de propaganda y cuando Franco entró en Barcelona, se exilió a México y finalmente a Estados Unidos.
Sorprendido por el macCarthysmo de los años 50, Ramón J. Sender, que era profesor de literatura, tuvo que firmar un manifiesto anticomunista para no ser detenido. Curiosamente regresó a España para recibir el Premio Planeta en 1969 por En la vida de Ignacio Morell, y sus estancias se harían más prolongadas a partir de 1976. Murió en Estados Unidos en 1982.
En el exilio escribe sus obras más importantes, que tratan sobre la Guerra Civil, la novela autobiográfica Crónica del alba (1943) y la que reseñamos aquí Réquiem por un campesino español (publicada en México con el título de Mosén Millán en 1953; renombrada Réquiem ... en 1960). También destaca dentro de su prolífica obra la novela histórica La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964).
Réquiem por un campesino español es una novela corta pero que impacta por su sencillez de palabra y su capacidad de síntesis para explicar por qué España se vio abocada a una guerra civil. El campesino español al que el Mosén Millán debe dedicar una misa roído por la culpa tras morir un año atrás en trágico suceso es Paco el del Molino, y la celebración de ese réquiem llevará al Padre Millán a repasar la vida de Paco desde su niñez hasta su trágico final. A través de los ojos del cura conocemos la vida de un niño metido a monaguillo que quedará impresionado por la extrema pobreza en la que viven algunos campesinos. Marcará tanto esta experiencia a Paco que cuando en 1931 se proclame la República y Alfonso XIII deba exiliarse, Paco se implicará en el nuevo ayuntamiento del pueblo y tomará medidas para paliar la pobreza de sus conciudadanos, una vez que sean suprimidos los bienes señoriales y el pueblo pueda acceder libremente a los pastos de los montes que eran propiedad de un duque. Cuando Paco pregunta si el duque puede demostrar si los montes son suyos, el administrador, don Valeriano, le contesta: "Son muchos siglos de usanza, y eso tiene fuerza. Los montes no son botellicas de vino sino fuero. Fuero de reyes." Pero las fuerzas conservadoras, aquellas que temen los cambios que la República impulsa, representadas en los terratenientes, con los extremistas de derechas como brazos ejecutores ("un grupo de señoritos con vergas y con pistolas"), se harán con el control del pueblo asesinando a aquellos que más se destacaron en la lucha por la igualdad y la justicia social, entre ellos Paco, después de que "un día del mes de julio la guardia civil de la aldea se marchó con órdenes de concentración en algún lugar a donde acudían las fuerzas de todo el distrito". Uno año después los únicos que acuden a acompañar al cura en la misa de réquiem son los tres ricos del pueblo, en un acto de hipocresía mayúscula. ¿Y la Iglesia? Mosén Millán, por cobardía e inacción, se colocará al lado de los poderosos, don Valeriano y don Gumersindo, como ejemplo de lo que la Iglesia católica española hizo durante la Guerra Civil, apoyar indisimuladamente al bando sublevado. Cierto que la República había venido acompañada de un fuerte aire anticlerical porque la Iglesia representaba aquello con lo que se quería acabar: los privilegios, la desigualdad social, la ignorancia, la superstición, la hipocresía, el abuso de poder, la riqueza. Y ese anticlericalismo se deja notar en la novela con expresiones como "los curas son la gente que se toma más trabajo en el mundo para no trabajar". La Iglesia, siempre al lado de los poderosos y queriendo justificar la pobreza y las miserias del pueblo con una frase como ésta en boca de Mosén Millán preguntado por Paco: "Cuando Dios permite la pobreza y el dolor -dijo- es por algo". Cuando el cura asiste a un acto en el pueblo en el que "los forasteros ... quemaron la bandera tricolor y obligaron a acudir todos los vecinos del pueblo y a saludar levantando el brazo cuando lo mandaba el centurión", después de haber delatado el paradero de Paco, el cura se verá afectado por la culpa de la traición. Su traición es la traición de la Iglesia hacia los desfavorecidos.
La novela es algo más que una dura crítica a la Iglesia española con su posicionamiento al lado de la derecha más conservadora, Paco el del Molino representa el intento del campesinado español por cambiar una vida de miseria por otra de futuro y mejora de sus condiciones de vida con el advenimiento de la República y la esperanzadora reforma agraria, pero las reformas que Manuel Azaña quiso implantar, la reforma militar, la religiosa, la educativa o la agraria, resultaron demasiado radicales para los poderes fácticos: el ejército, la Iglesia, los terratenientes, y encontraron una enconada oposición que desembocó en la Guerra Civil. Y así nos fue.

jueves 1 de diciembre de 2011

Los Lobos del águila, de Simon Scarrow

Descubrí a Simon Scarrow (escritor inglés nacido en Lagos, 1962) hace un tiempo cuando me adentré en las aventuras de Macro y Cato, legionarios romanos, centurión el primero y optio el segundo, destinados en la lejana Britania, provincia incorporada al imperio romano bajo el reinado de Claudio (44 d.C.). Era una serie que se centraba en lo estrictamente militar, en contar toda la campaña de conquista de Britania a través de estos dos soldados de la Segunda Legión al mando del legado (futuro emperador) Vespasiano.
Con el tiempo, a aquel primer título, El águila del imperio (2000), se sumaron rápidamente Roma vincit! (2001), Las garras del águila (2002), Los Lobos del águila (2003), y así hasta la entrega número 11, Pretoriano (2011), que todavía no ha sido traducida al castellano, manteniendo una producción acelerada de novelas a la vez que también comenzaba otra serie sobre los generales Wellington y Napoleón. Su productividad me recuerda a Bernard Cornwell.
La cuarta entrega, en inglés The Eagle and the Wolves, nos sitúa a Macro y Cato, el segundo ya recién nombrado centurión, en la ciudad britana de Calleva, convalecientes de su anterior aventura. Pronto recibirán el encargo de aleccionar a los nativos de la tribu de los atrebates en la forma de luchar de las legiones y formar dos cohortes, la de los Jabalíes y la de los Lobos, que da título al libro. Estas dos cohortes se dejarán la piel en la defensa de Calleva ante el asedio de los durotriges, una tribu hostil a Roma liderada por Carataco, que lleva de cabeza a Vespasiano y Plautio, los generales que han diseñado la campaña, supuestamente definitiva, de sometimiento de las tribus rebeldes a Roma, tal como Claudio espera (de hecho celebrará el triunfo en el año 44 d.C. sin estar en absoluto pacificada la provincia). La defensa tenaz de la ciudad será vital para no perder los suministros que las legiones romanas necesitan en territorio enemigo y que son estratégicamente cruciales para el éxito de la campaña. Entre medias, se producirá una conspiración para acabar con el rey atrebate Verica y unir a los atrebates a la causa de Carataco contra Roma.
En fin, autor inglés y mundo romano, sinónimo de buena ambientación histórica, eso sí en su querida Britania (ya veremos cuando abandonen la provincia, cosa que sucede en las próximas entregas). A ello unimos un conocimiento exhaustivo de la organización de la legión, las formaciones de batalla, cómo debe luchar un legionario, etc. Que nadie espere concesiones a historias secundarias (la típica historieta de amor), en las novelas de Scarrow solo hay guerra cruda hasta el detallismo, muy al estilo Cornwell, como gusta hoy en día. Batallas, escaramuzas, vida militar, y unos increíbles Macro y Cato que sobreviven hasta en las situaciones más difíciles (eso quita emoción porque sabes, por las entregas que vendrán, que estos dos personajes no pueden morir) conforman el leiv motiv de las cuatro novelas que hasta el momento he leído de la serie. Por cierto, en esta entrega, el interés es creciente, la primera parte, algo anodina, solo se pone interesante cuando comienza la acción.
Bueno, para amantes de las novelas militares. No está mal, pero de momento no es la mejor de la serie.