lunes, 8 de diciembre de 2014

Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene

Henry Graham Greene (1904-1991) fue un periodista y escritor británico que adquirió un reconocimiento merecido por parte de la crítica y el público con sus más de 25 novelas, algunas de ellas, como la que nos ocupa, encuadradas en el subgénero de la novela de espías. Un hombre de fuertes contradicciones morales ya que era profundamente católico (cuando dejó a su mujer nunca se divorció de ella, como le ocurre al protagonista de la novela, Wormold) y militante, durante algún tiempo, del Partido Comunista de Gran Bretaña, aunque fue una militancia breve y de juventud.
Su primera novela con cierto éxito es El tren de Estambul (1932), pronto llevada al cine, como muchos de sus relatos. Éste y otros como el que presentamos, Nuestro hombre en La Habana (1958), fueron considerados por el propio autor como novelas "de entretenimiento" para distinguirlas de las novelas "literarias" (como El poder y la gloria, de 1940), de las que de verdad se sentía orgulloso.
Sin embargo, las novelas de entretenimiento son de una excelente calidad literaria, ahí está El tercer hombre (1950), novela de espías ambientada en el Berlín ocupado por los aliados tras la II Guerra Mundial, modélico relato con personajes perfectamente caracterizados que constituye una fuente de la que beberán los futuros maestros del subgénero, John Le Carré y Frederick Forsyth.
Nuestro hombre en La Habana forma parte de estas novelas "de entretenimiento" que Greene coloca en un segundo plano, pero no es precisamente un relato menor. Es una novela premonitoria porque es publicada en 1958, meses antes de la revolución castrista que instaló a los comunistas en el poder de Cuba (hasta la actualidad), y ese ambiente prerrevolucionario en una dictadura mantenida por los americanos y dirigida por el general Batista, que presagia que algo va a ocurrir, es bien retratado por el escritor. 
En esta Cuba pre-comunista trabaja como vendedor de aspiradoras un tal Wormold, que vive con su hija Milly. Es un auténtico personaje secundario al que Greene pone todo el foco, una medianía que se revela muy inteligente, siendo capaz de engañar no solo al Servicio Secreto británico, que lo ha reclutado, sino a todos los servicios secretos que actúan en Cuba. Wormold construirá una mentira poco sostenible (red de agentes falsos, planos inventados, etc.) que sin embargo acabarán tragándose todos, incluida Beatriz, una secretaria enviada desde Londres para ayudar en las tareas de espionaje de Wormold.
El gran acierto de la novela es la continua burla que Greene hace de los servicios de espionaje de los países, puesto que Wormold no es un agente entrenado, no tiene ni idea de lo que debe hacer, y además fabrica patrañas increíbles que todos se tragan porque la neurosis de la Guerra Fría hace creer prácticamente en todo, aunque sea inverosímil. Esa ridiculización del espionaje también la vemos en John Le Carré cuando destripa las entrañas del Servicio Secreto británico en El topo.
Wormold descubrirá, no obstante, que de la falsedad pueden surgir situaciones peligrosas muy reales porque el espionaje, visto como un juego por nuestro protagonista, se cobra víctimas reales, como su buen amigo el doctor Hasselbacher. 
Greene acabará por cerrar el relato con un final de nuevo caricaturesco al describir la reunión de jefes del Servicio británico donde se decide el futuro de nuestro amigo Wormold, que ya se cree condenado.
Estamos ante una novela notable en la que se ridiculiza el funcionamiento de los servicios secretos, que humaniza a sus protagonistas (Wormold es un personaje sencillo que nada tiene que ver con nuestra imagen del agente secreto, demasiado "bondiana" por obra y gracia de las novelas de Fleming y las películas correspondientes), que hace reales sus problemas y mundanas sus preocupaciones, y por ello es un precedente de la caracterización de personajes y situaciones que John Le Carré construye en sus novelas, ejemplificadas en la figura de George Smiley.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Puzle de sangre, de Mario Martínez y José Payá

Puzle de sangre (2014) es una novela negra atípica por cuanto construir un relato coherente en la trama y en la caracterización de los personajes cuando la autoría es doble no es nada fácil. Mario Martínez (Alicante, 1945), que ha sido profesor de Historia Moderna en la Universidad de Alicante, y José Payá (Biar, 1970), profesor de Lengua y Literatura en un instituto de educación secundaria de Banyeres empezaron a escribir una historia como si de un juego se tratara, intercambiando capítulos y haciendo avanzar la novela poco a poco, a fuego lento, y ese carácter lúdico se mantiene a lo largo del libro, a veces muy serio, a veces dando la sensación de ser una "tomadura de pelo" al lector. Pero no, el análisis no es tan sencillo ni superficial, no es una tomadura de pelo, es un ejercicio de diversión de los escritores, que se ríen de sí mismos, primero, y que ponen en una coctelera los elementos clásicos de la novela negra para crear un producto no tan manido. 
Hay mucho de diversión, de ritmo rápido frenado por pocos momentos reflexivos, tal vez muy pocos a mi gusto (que soy muy fan de las pausas culinarias de Camilleri y su inolvidable Montalbano, o de Vázquez Montalbán y su Carvalho), y también subyace algo de ironía social, con unos personajes movidos por la codicia pero también por los celos, la frustración de la vida rutinaria o el amor. Pero de entre todos ellos destacan, no como podría ser habitual en una novela negra al uso, los dos asesinos, el Socio y el Libros, que deben matar a dos personas grises alter ego de los propios escritores (genial este recurso). Los policías también están, y ganan protagonismo cuando avanza la novela, pero son las motivaciones de estos supuestos profesionales del asesinato los que reciben gran parte de la atención. Dos asesinos que se las dan de "cultos", y que para no entender de literatura resulta que han leído a Rulfo, Greene, Vila-Matas, Baricco, etc.
La acción transcurre con rapidez en pocos días y se localiza en Pinoso, Alicante, Biar y Sax, y ya de buenas a primeras nos encontramos de bruces con el dilema de afrontar una novela en la que no importa, como bien se dice en el prólogo, el "cómo se hizo" o "quién fue el asesino" sino las motivaciones que llevan a los múltiples asesinatos que salpican la historia. 
Es una novela entretenida con un punto fuerte a mi parecer: la prosa. Hay un dominio, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la formación de los autores, del léxico en sus diferentes contextos, de la construcción de la narración, ponen las palabras que tocan cuando toca y hacen muy fácil la lectura. Sin embargo, en el debe de la novela tengo que decir que tantos requiebros y sorpresas en la historia me generaron al principio un cierto desconcierto, que se supera a mitad de novela. Están bien los giros inesperados pero a veces el lector necesita ciertos asideros para no caerse. Seguramente los autores dirán que precisamente querían jugar al desconcierto entre ellos, vamos, a gastarse ciertas "putadas" que les hicieran repensar el hilo de la narración, pero bueno, para haber sido un reto complicado, han salido airosos del entuerto. Eso es muestra de la habilidad de los autores que solo se consigue con un buen bagaje de lecturas.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque

Erich Maria Remarque (seudónimo de Erich Paul Remark, 1898-1970) noveló parte de sus experiencias como combatiente en la I Guerra Mundial en un libro publicado en 1929 que se convirtió rápidamente en un éxito internacional.
Cuando leí un día que Sin novedad en el frente era uno de los alegatos más antimilitaristas que se han escrito (creo que el artículo era de Jacinto Antón en El País), en seguida fui a comprármelo, junto a El miedo, de Gabriel Chevalier. Los compré hace un tiempo pero ha sido ahora, que se conmemora el centenario del inicio de la Gran Guerra, cuando he sabido que era el momento de estos libros, porque sí, también los libros tienen su momento. Como dato biográfico importante a saber sobre Remarque, decir que en 1932 abandonó Alemania huyendo del nazismo, así que los nazis incluyeron este libro entre los que quemaron públicamente en 1933, cuando organizaban esas hogueras con las que pretendían "purificar" las mentes de los alemanes. 
Los nazis quisieron borrar un libro que cuenta la guerra descarnada, sin héroes, sin medallas, sin honor, y esta imagen era absolutamente contraria a la propaganda militarista del fascismo.
En palabras del joven veinteañero que relata de forma sobria sus experiencias en las trincheras, el soldado alemán Paul Bäumer: "Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación, el miedo, la muerte y el tránsito de una existencia llena de la más absurda superficialidad a un abismo de dolor. Veo a los pueblos lanzarse unos contra otros y matarse sin rechistar, ignorantes, enloquecidos, dóciles, inocentes. Veo a los más ilustres cerebros del mundo inventar armas y frases para hacer posible todo eso durante más tiempo y con mayor rendimiento."
Esta reflexión del protagonista podría aplicarse perfectamente a cualquier guerra y a cualquier bando, porque en esta novela lo único que se salva es el compañerismo y la solidaridad entre el grupo de jóvenes soldados alemanes, todo lo demás es la barbarie del hombre. Y lo triste es que esa barbarie se multiplicó durante la siguiente guerra mundial, en la que no solo los hombres se mataban por el amor a la patria sino también para exterminar a las razas odiadas.
La novela es brutal por su lenguaje directo y sin metáforas: las bombas caen para destrozar cuerpos, los gases tóxicos hacen estallar los pulmones, los miembros son amputados sin piedad, y los soldados han perdido la poca humanidad que les quedaba cuando salieron de la acelerada instrucción en el cuartel. 
Se denuncia un mundo en el que los propios docentes incitaban a los jóvenes a alistarse porque era el mejor servicio que podían hacer por su país. Se critica una sociedad que veía con euforia el inicio de una guerra que pondría a cada uno en su sitio, aunque los únicos que pagaron los platos rotos de la alta política fueron los millones de obreros y campesinos que murieron sin saber a ciencia cierta por qué luchaban. Nuestro protagonista cuestiona esa educación militarista que el emperador Guillermo II había fomentado en las escuelas alemanas: "Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir". Y sin embargo, fueron enviados al matadero.
Y la guerra "les ha echado a perder para cualquier cosa". Los que sobrevivan serán carne de cañón para ideologías extremistas que prometan una vida mejor y que sepan encauzar el odio acumulado de esos infelices hacia un enemigo concreto. Son carne del nazismo.
Estamos ante una obra primordial para entender el verdadero sentido de la guerra, ante un documento tan real que resultaba peligroso para las ideologías totalitarias. Un testimonio que cuenta qué es la guerra, y para conocerla no hay que ir solo a los museos a ver medallas, hay que ir a un hospital: "Sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra".

lunes, 22 de septiembre de 2014

El topo, de John Le Carré

En 1974 John Le Carré escribió la tercera novela de la "serie Smiley", y una de las más conocidas y celebradas del autor británico: El topo (Tinker Tailor Soldier Spy fue su título original). 
El argumento es bien sencillo: George Smiley, que está apartado del Servicio Secreto británico (MI6), recibe un encargo especial que pocos dentro del propio Servicio deben conocer, a saber, descubrir al espía que está pasando información a los rusos, es decir, al topo. Y lo peor para Smiley es asumir que ese espía no es uno cualquiera sino alguien de las más altas esferas del Servicio por cuanto tiene acceso a información muy reservada, reduciendo las sospechas a un grupo de cuatro hombres.
John Le Carré aprovechaba por tanto la historia para presentarnos las grietas internas de un Servicio podrido por dentro que lleva varios fracasos a sus espaldas y que vive a la triste sombra de los dos grandes servicios secretos, el americano y el ruso, en plena Guerra Fría. Y la forma de describirnos las grietas de ese "edificio" es absolutamente magistral, hasta el punto que de manera deliberada acabamos por creer que nadie dentro del Servicio es trigo limpio, teniendo en cuenta que Smiley está fuera.
Lo que hace muy atractiva esta novela, además de la ansiedad por conocer quién es el traidor inglés que ha vendido los secretos a los soviéticos (en clara referencia al espía británico Kim Philby que en los años 60 desertó a la URSS desvelando que había sido un topo durante muchos años, y que por cierto para el que John Le Carré llegó a trabajar), es sin duda el carácter y forma de trabajar de Smiley: como si fuera una hormiga, construye poco a poco las pruebas que luego utilizará para desenmascarar al traidor, y lo hace de forma concienzuda, leyendo y releyendo documentos, entrevistando a testigos de operaciones que han fracasado, y atando cabos que conducen a una trama soviética bien hilvanada por el espía ruso conocido como Karla, del que se habla por primera vez en esta novela.
No es Smiley por tanto, como ya hemos explicado en otra ocasión, un espía de acción, carreras y disparos, sino más bien un ratón de biblioteca muy perspicaz e inteligente que desentraña la trama a medida que leemos más y más páginas, es más un Maigret que un Bond, y eso lo hace más atractivo como personaje. 
La trama nos lleva a conocer detalles de la "Operación Brujería", la fuente "Merlín" y el agente Jim Prideaux, desaparecido, pero clave para que Smiley pueda señalar por fin al culpable de que el Servicio Secreto británico sea el hazmerreir de los rusos.
No puedo mas que recomendar la lectura de esta estupenda novela de espías que se disfruta desde la primera página hasta la última. Es de lo mejor de John Le Carré y de él casi todo es muy bueno.
Recomiendo además de manera entusiasta la reciente película de El topo (Tomas Alfredson, 2011), en la que Gary Oldman encarna tan estupendamente al apocado Smiley que uno ya no puede disociar el aspecto del espía de las facciones del actor británico. En la película también hay un cameo del propio Le Carré.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Victus, de Albert Sánchez Piñol

Si han leído La piel fría (2002) entonces ya sabrán que con Albert Sánchez Piñol (Barcelona, 1965) estamos ante un escritor singular, que para empezar suele publicar en catalán, pero que de forma sorprendente, eligió el castellano para una novela que iba a contar uno de los episodios históricos más importantes de la historia de Cataluña, la Guerra de Sucesión Española (1702-1714), que acabaría con la caída de Barcelona en manos borbónicas un 11 de septiembre de 1714.
Muchos de sus lectores habituales se sorprendieron de esta decisión pero el autor manifestó que le apetecía contar esta historia en castellano y ya está. Si Victus (2012) se hubiera publicado en catalán, lo hubiera leído igualmente porque al fin y al cabo lo que interesa aquí es la historia. La historia del asedio y caída de la última ciudad del bando austracista contada a través de la memoria de su personaje protagonista, Martí Zuviría, un barcelonés convertido en ingeniero militar que, ya viejo, nos cuenta con detallismo e ironía una guerra que dejó unas heridas todavía abiertas en los territorios de la Corona de Aragón, y un drama, el de los barceloneses, que dieron su vida por defender algo más que una ciudad, su cultura, su lengua y sus derechos ante lo que consideraban el peligro absolutista de los Borbones. 
Sánchez Piñol no ha escrito esta novela para reivindicar políticamente a un bando o a otro, no la ha escrito para decir que Castilla y los Borbones, en concreto el "Felipito" (Felipe V), eran aborrecibles y que la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Baleares) representaban las libertades y las bondades de un sistema perfecto que apostó por un candidato perfecto, el "Karlangas" (el archiduque Carlos de Austria). No, no es blanco o negro, o al revés, no fue una guerra tan maniquea.
Porque en el bando borbónico lucharon valencianos y catalanes que apostaron por un nuevo modelo de estado, y fueron llamados botifleros; y en el bando austracista hubo castellanos que se distinguieron por su lealtad a la causa del archiduque Carlos, aunque éste no se la mereciera, como es el caso de Antonio de Villarroel, militar que primero fue borbónico y luego austracista, que dirigió la defensa de Barcelona durante 13 meses y tras caer la ciudad fue apresado por los borbónicos sufriendo muchas penalidades. Él representa el espíritu de esta novela, el de los héroes, con nombre o anónimos, que lucharan en el bando que lo hicieran, lo hicieron con todas las consecuencias, y no huyeron cuando las cosas se pusieron feas. Y puestos a rendir cuentas, Sánchez Piñol, con todo el rigor histórico posible, a través de Martí Zuviria, pasa factura a los cobardes e ineptos dirigentes de la ciudad de Barcelona, los llamados "felpudos rojos", políticos más preocupados por su pellejo y sus bienes (aunque hubo excepciones como la de Sebastià Dalmau) que por ganar la guerra; y por supuesto al que se suponía que iba a ser mejor rey que Felipe V, el candidato austracista Archiduque Carlos, que en cuanto se olió que Barcelona no sobreviviría a un largo asedio y que los ingleses le habían abandonado dijo aquello de "pies para qué os quiero" y puso su culo en Viena a buen recaudo. 
La novela está magistralmente contada y se devora con avidez (aunque se obvian algunas partes de la guerra que hubiera sido interesante narrar, como la batalla de Almansa), y la galería de personajes es amplia y pintoresca, y encima (salvo alguna licencia) real, con episodios humorísticos tan chocantes como la indigestión de langostinos que le costó la vida al mariscal francés Vendome. Además, se cuenta tan bien que si no tienes idea de lo que pasó en esta guerra y por qué comenzó, te enteras enseguida, aunque hay que dejar claro que el núcleo principal de la novela, además de la etapa de formación de Zuviría como ingeniero militar y sus comienzos en el ejército borbónico, es sin duda alguna la guerra en Cataluña y el asedio de Barcelona, en el que Zuviría se convirtió en la mano derecha de Villarroel.
Sánchez Piñol ha construido un relato en el que huye de mitificaciones y episodios magnificados por la historiografía, ya sea española o catalana, cuenta las cosas como sucedieron y no duda en pedir cuentas tanto a borbónicos, que realizaron una dura represión en Valencia y Cataluña, como a austracistas, que más allá de defender a un mediocre candidato, no sabían que seguían defendiendo los privilegios e intereses de la nobleza y la burguesía, mientras el pueblo poco pintaba. Ya lo dice el dicho popular: "Entre Carlos tres i Felip cinc, m'han deixat amb lo que tinc!"
Zuviría acaba por decir: "En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro". 
Recordemos que en Cataluña (y Valencia) todo el orden jurídico fue arrasado y sustituido por el de Castilla. Durante décadas Cataluña fue considerada tierra ocupada militarmente. Todos los gobernantes que tuvo procedían de Castilla y el catalán desapareció de los documentos públicos. 
Cuando uno abre heridas tan profundas, cómo no entender que ese desencuentro, trescientos años después, en 2014, continúe entre muchos catalanes y valencianos...

lunes, 25 de agosto de 2014

Fundación y Tierra, de Isaac Asimov

En 1986 el escritor norteamericano de origen ruso, Isaac Asimov, echó el cierre definitivo a la saga Fundación, que de ser una trilogía pasó finalmente a una pentalogía (aunque en 1988 escribió una precuela, Preludio a la Fundación y en 1993 se publicó de forma póstuma una segunda precuela, titulada Hacia la Fundación).
En Fundación y Tierra seguimos viajando con los personajes que protagonizaron la anterior entrega, Los límites de la Fundación, el consejero de la Primera Fundación Golan Trevize y el mitólogo Janov Pelorat, a los que añadimos a la enigmática habitante de Gaia, Bliss, como tercer tripulante de la nave gravítica Far Star. La misión continúa teniendo el mismo objetivo: encontrar el planeta original, la Tierra, donde surgió la Humanidad y del que hace 20 mil años los grupos humanos empezaron a colonizar la galaxia. Sin embargo alguien o algo está determinado a ocultar las pistas para encontrar el planeta y a desconcertar a nuestros protagonistas con falsas leyendas sobre su radiactividad. A pesar de los obstáculos, Trevize está convencido de que la Tierra no es una leyenda sino un planeta real que existe, y encontrarlo supone responder a las preguntas sobre por qué ha quedado en el olvido de la Humanidad el planeta original, y sobre todo, y esto supone el objetivo principal, porque Trevize “ha decidido” que el Plan Seldon y las Fundaciones han llegado a su fin y el futuro de la galaxia pasa por integrar a todos los planetas, incluido el primigenio, en un sistema como el que funciona en Gaia, en el que tanto seres humanos como animales y plantas están interconectados a través de la mente y funcionan como un conjunto. Si esto puede aplicarse a todos los planetas, como Trevize piensa, se creará un sistema estable que perdurará mucho más tiempo que el Segundo Imperio que está por venir.
El viaje de nuestros protagonistas les lleva a visitar varios planetas, todos hostiles y reacios a dar información sobre la Tierra: en Comporellon, consiguen escapar gracias a los “encantos” de Trevize y la habilidad mental de Bliss; en Aurora, un mundo deshabitado, casi son devorados por unos perros salvajes; en Solaria, vemos un mundo en el que los humanos viven aislados y han desarrollado un hermafroditismo que les permite reproducirse sin contacto, de allí escaparán llevándose consigo a la joven Fallom, que será importante en el futuro; en Melpomenia, otro planeta muerto, encuentran información valiosa sobre los primeros mundos colonizados por los humanos; y en Nueva Tierra, descubrirán que nada es lo que parece.
Pero Trevize encuentra pequeñas pistas que permitirán localizar finalmente el planeta original, la Tierra, gracias a sus dotes deductivas y a la capacidad para extraer de las leyendas, pequeñas porciones de verdad: “La cuestión está –había dicho Pelorat- en deducir o decidir qué elementos particulares de una leyenda representan una verdad plena subyacente”.
Lo que al fin les espera a nuestros protagonistas es el conocimiento de un plan futuro para la galaxia explicado por un enigmático ser que les estaba esperando pacientemente.
Digno final para una saga imprescindible para los amantes de la ciencia ficción, Asimov es un gran contador de historias y leerlo siempre produce un gran placer.

martes, 12 de agosto de 2014

Un mar oscuro como el oporto, de Patrick O'Brian

Decimosexta novela de la famosa saga de Aubrey y Maturin ambientada en las guerras napoleónicas (1792-1815), y que recrea con precisión quirúrgica la apasionante vida en el mar, tan distinta de la vida “tierra adentro”. Publicada en 1993, si como lector has llegado hasta aquí (la saga la componen 20 libros), y has sobrevivido al ingente aluvión de términos náuticos sin marearte, enhorabuena. Lo digo sin ningún sarcasmo, puesto que yo mismo soy fan de las aventuras del capitán Jack Aubrey y del doctor y espía irlandés Stephen Maturin, y no me considero un experto en cuestiones marinas, y me conformo con distinguir donde está estribor, babor, popa, proa, y los mástiles principales de una fragata.
En una época apasionante de la navegación en la que el viento y las corrientes marinas son motores fundamentales de los barcos, es lógico que la descripción del trabajo de los marineros a bordo de un barco siga una rutinaria tarea de arrizar velas, limpiar cubiertas, hacer mediciones de la posición del barco, etc., etc., y esta “ambientación” es necesaria en toda novela de Patrick O’Brian, aunque creamos que genera pesadez y aburrimiento. Las cosas pasan aunque con un ritmo distinto y cuando se entiende esto, entonces se disfrutan mucho estos libros.
En esta entrega, la fragata Surprise, con patente de corso otorgada por el gobierno británico, navega por aguas del Pacífico sur con dirección a Callao (Perú), en la que Stephen Maturin debe desempeñar una misión secreta que posibilite la vía de la revolución y posible independencia de la colonia española (curiosamente en un momento, suponemos que 1812-13, aunque no se especifica, en que los británicos son aliados de los españoles en la guerra peninsular contra los franceses). Los franceses también están interesados en lo mismo, en destruir el imperio español en América, y de paso arruinar la estrategia británica. Sabemos que la revolución de las colonias españolas en América ya estaba en marcha en algunos territorios desde 1810, como Chile, aunque no en Perú, último territorio en permanecer bajo el dominio español. A nivel político podríamos diferenciar los modelos que tanto ingleses como franceses querían implantar: abolicionismo, libertades, monarquía o república, etc., pero realmente de lo que se trata es de aumentar la influencia económica de estas metrópolis, y a nivel interno, que la burguesía criolla obtenga el poder político y el prestigio que España le niega (“Por lo que respecta a la opinión pública aquí en Perú, creo que está bastante a favor de la independencia, especialmente porque el actual virrey ha tomado algunas medidas impopulares que favorecen a los nacidos en España y van en detrimento de los nacidos aquí”).
Si de camino a Perú, la Surprise ejerce como barco corsario, mejor que mejor, y como Jack Aubrey sigue siendo “el afortunado”, caerán varias presas, entre ellas un barco corsario norteamericano, el Franklin, y un barco pirata, el Alastor. Realmente hacer el corso no es más que robar a otros barcos mercantes o de guerra con permiso de un gobierno, una actividad de la que Maturin encuentra objeciones: “Es vergonzoso sentir placer en quitar a otros hombres sus pertenencias a la fuerza, abiertamente, legalmente y recibir felicitaciones e incluso condecoraciones…”.
Por cierto, uno lee la sinopsis de la contraportada, donde se dice que el gran momento de la novela es el paso de la fragata Surprise por el cabo de Hornos, e imagina que esto ocurrirá pronto, cuando ocurre al final, aunque tengo que reconocer que está muy bien narrado porque al peligro de un barco de guerra norteamericano que se cruza con la fragata, se une la amenazante presencia de bloques de hielo capaces de perforar el casco del barco y acabar con la afortunada travesía de la Surprise. Lo cierto es que después de un larguísimo viaje, la fragata pone rumbo por fin a Inglaterra para tomar un breve descanso, porque la guerra contra los franceses continúa y las aventuras de Aubrey y Maturin, aunque están pronto a terminar, nos siguen esperando en el horizonte.