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domingo, 20 de junio de 2010

Troya, de Gisbert Haefs


La primera novela, y única curiosamente, que he leído del prestigioso escritor alemán Gisbert Haefs (1950) fue "Aníbal" hace unos años y me encantó. Sin embargo, no había leido nada más de este especialista en voluminosas novelas históricas ambientadas en la Antigüedad ("Alejandro", "El jardín de Amílcar", "La primera muerte de Marco Aurelio", "César, las cenizas de la República"). Las lecturas siguieron otros caminos aunque nunca olvidé el que recorrí tan gratamente. Ahora he vuelto a Haefs para leer Troya (1997), una visión particular de la epopeya griega contada por Homero en La Ilíada, que pasa por ser una de esas historias apasionantes que nunca nos cansamos de contar.
Pero Haefs tiene la maestría de no ser repetitivo (para contar la guerra ya está Homero), es al contrario muy original porque la guerra de Troya se convierte en un detallado análisis de la situación geopolítica en el Mediterráneo oriental a finales de la Edad de Bronce y principios de la Edad del Hierro, en torno al siglo XII a.C. Asiria, el imperio hitita, Egipto, las ciudades cananeas, el reino de Arzawa, Acaya, las islas del Egeo, todos estos territorios influyen de alguna manera u otra en el destino de una rica ciudad a las puertas del Mar Negro, Troya, anhelada por los aqueos occidentales por su valor comercial.
A los personajes históricos, como el rey Agamenón, el tonto Menelao, el astuto Ulises, el bravucón Aquiles, etc., Haefs añade de su imaginación unos personajes entrañables que son en realidad el nudo de la narración, y de entre ellos, el verdadero protagonista es el comerciante asirio Awil-Ninurta, el cual acabará siendo testigo directo de la absurda guerra que aqueos y troyanos mantienen por el supuesto rapto de Helena por parte de Paris. Haefs deja bien claro que todo el mundo sabe que Helena huyó con Paris porque se aburría con Menelao, y que los aqueos ya planeaban una incursión hostil en Troya para hacerse con el control del comercio con las tierras que circundan el Mar Negro ("En general, había acuerdo en que la historia de la reina huida era sólo un pretexto, adecuado tan sólo para estimular a los combatientes de a pie, que creían en el honor y cosas por el estilo").
El relato de la guerra de Troya lo conocemos por las "cartas" y narraciones de Ulises y Corinnos, un cronista que cuenta la historia al comerciante egipcio Djoser. Pero más que la guerra lo que importa en esta novela son las consecuencias económicas que una guerra puede ocasionar en el sistema comercial tan complejo del Mediterráneo oriental, tanto en forma de beneficios como de perjuicios.
La prosa de Haefs es exquisita, hay párrafos que son verdadera poesía, y aunque al principio me resultó un poco difícil adaptarme a la utilización de topónimos antiguos en asirio (Babilu es Babilonia, Kefti es Creta, Kupiriyo o Alashia es Chipre, Muqannu es Micenas, Sidunu, Tameri, etc.), luego terminas acostumbrándote.
Qué difícil es volver a contar una historia cuyo final ya conocemos de una manera tan conmovedora y original, centrada en entrañables personajes inventados (es genial Awil-Ninurta) que son testigos de lo que personajes históricos hicieron.
Dejo algunos fragmentos que muestran la prosa de Haefs:
"Tu aliento -dijo él, interrumpiéndose una y otra vez- es sésamo y menta fresca..., tus labios, el estrujón de miel e higos maduros..., tu lengua, el chupetón de Ishtar...".

"En el amor hay que llegar tarde. En los negocios, hay que quedarse a tiempo. De la guerra, hay que irse a tiempo. Ése es el secreto para sobrevivir."