miércoles, 17 de octubre de 2012

No todos moriréis, de Antonio Jareño


"Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino." Mateo 16:28
Esta cita bíblica le sirve a Antonio Jareño (Murcia, 1959) para construir una novela muy interesante en torno al mito del Judío Errante (que yo desconocía totalmente) y la legendaria búsqueda de la inmortalidad por parte del hombre.
En No todos moriréis (2012), su opera prima, publicada en formato digital, el escritor murciano, que utiliza hábilmente su formación como profesor de filosofía, construye un relato con un ritmo trepidante acerca de la vieja angustia del ser humano, la muerte como final inevitable. Pero, ¿y si fuera evitable? ¿si hubiera alguna manera de conseguir la inmortalidad? Y la reflexión más importante que nos plantea el autor: ¿cómo se usaría ese poder? ¿para beneficio de toda la humanidad o para unos pocos "elegidos"? Cuestiones importantes en un mundo en el que existen enfermedades, como el SIDA, el cáncer o el Alzheimer, que están lejos de ser erradicadas; en un mundo superpoblado en el que un mal reparto de los recursos hace que millones de personas mueran de hambre. La inmortalidad de todo el género humano sin duda alguna también plantearía serios desequilibrios entre población y recursos, sobre lo que ya alertó, en su momento, el economista inglés Malthus en su famoso Ensayo sobre el principio de la población (1798). Sin embargo Malthus no había previsto que durante los siglos XIX y XX los países desarrollados entraran en una fase de transición demográfica, con un descenso continuado de la natalidad y la mortalidad, igual que tampoco previó el fuerte ritmo de crecimiento de los recursos alimentarios.
La otra cuestión importante que me plantea el libro es esa vieja confrontación entre religión y ciencia, entre fe y razón. Aquí Jareño está pisando terreno sólido cuando pone en boca de sus protagonistas, sobre todo el padre Alonso, algunas reflexiones interesantes sobre los milagros (aquello que todavía no ha sido explicado científicamente), o sobre la capacidad de la ciencia para dar respuesta al gran interrogante del ser humano: ¿qué  hay después de la muerte? Y ésta es la gran pregunta, porque saber qué hay después podría llevar a que el entramado teórico en el que se basan las religiones (sobre todo las monoteístas) se viniera abajo por completo, puesto que éstas se basan en la "venta" de esperanza en la vida eterna.
Esto me lleva a resumir la trama (sin muchos detalles por aquello de las sorpresas que guarda el relato): la acción se centra en Murcia, donde un empleado de banca, Andrés Suárez, visiona en las cámaras de seguridad del cajero un sorprendente suceso, una persona es apuñalada en la calle pero después de unos minutos se levanta y sigue caminando como si nada. Al mismo tiempo, un cura de una parroquia de Yecla, el padre Alonso, encuentra una vieja confesión de otro cura de la localidad que afirmaba haber visto a unos individuos dos veces con 50 años de diferencia sin que estos hubieran cambiado físicamente. Todo se complica cuando aparece en escena un excombatiente croata, Goran Esteinach, quien, en su búsqueda del "judío errante" por encargo de Magnus Ingaldsen, científico islandés obsesionado con la idea de la inmortalidad, asesina a un amigo de Andrés que poseía el vídeo misterioso.
Los caminos de Andrés y el padre Alonso se cruzan en Berlín, donde se desarrolla también parte de la trama, en  busca del asesino croata, uniéndose al equipo una doctora española, Laura Marco, que se ve intrigada por una historia de personas contemporáneas de Jesucristo que siguen viviendo como inmortales. ¿A dónde les llevará la búsqueda? Eso es algo que dejo que el lector descubra...
La novela está muy bien escrita y es muy entretenida, me recuerda mucho a las tramas de intriga con buenas dosis de historia y religión que puso de moda Dan Brown. Lo cierto es que yo me he quedado más con algunas reflexiones que se hacen en el libro, cuando menos inquietantes: por ejemplo, que Magnus Ingaldsen haya planeado crear un mundo en el que unos pocos elegidos, no por su inteligencia precisamente, sean investidos con la inmortalidad y gobiernen el mundo de forma dictatorial, y en cambio la inmensa mayoría de la población mundial siga muriendo irremediablemente, fruto de una "eutanasia social", ya que el nuevo Estado no se haría cargo de la asistencia sanitaria universal. Reflexiones que Magnus extrae de las ideas del premio Nobel de Medicina en 1912, Alexis Carrel, del que, mientras leía la novela, he indagado por internet. Este Carrel fue testigo de un supuesto milagro en el santuario de Lourdes, una mujer con una supuesta enfermedad incurable, tal como atestiguó el médico, acabó curándose repentinamente. El caso fue muy notorio y Carrel nunca pudo explicar científicamente la curación, lo que le hizo convertirse al catolicismo. Pero lo que más me ha chocado de Carrel son sus ideas de la búsqueda de una sociedad ideal compuesta por los mejores individuos, que coquetea con las teorías racistas tan en boga en la primera mitad del siglo XX, y que el nazismo llevó a sus últimas consecuencias con la eliminación sistemática de lo que denominaba "desechos" de la raza humana: discapacitados físicos y mentales, homosexuales, etc., a los que aplicó una despiadada eutanasia con el objetivo de mantener la pureza de la raza aria.
Creo que este libro, además de una trama muy interesante, te hará plantearte reflexiones sobre la peligrosa influencia de las teorías racistas en la sociedad actual, y si de verdad hemos aprendido algo de los errores del pasado...


domingo, 7 de octubre de 2012

Los muertos vivientes: Libro Uno, de Robert Kirkman

Cuando Rick Grimes despierta después de un coma en un hospital de Atlanta, no podría imaginar que el mundo que conocía ya no existe. Una pandemia zombi ha barrido el planeta para dejar grupos humanos aquí y allá que intentan sobrevivir al desastre apocalíptico con unas nuevas reglas. Como dice la publicidad: "En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir".
Con esta propuesta tan interesante comenzaba en 2003 el cómic The Walking Dead, con guión de Robert Kirkman y dibujos de Tony Moore y Charlie Adlard y tonos grises de Cliff Rathburn. La historia de Rick Grimes y su grupo de supervivientes tuvo tanto éxito que los cómics, con una periodicidad mensual, se prolongaron hasta alcanzar, en septiembre de 2012, el número 102 en Estados Unidos.
Luego vendría en 2010 la exitosa adaptación para la televisión de la mano de Frank Darabont, serie que inicia su tercera temporada el 15 de octubre en Fox.
El volúmen que yo he leído corresponde a una edición que Planeta Deagostini publicó en 2011 y que contiene los primeros 24 capítulos del cómic, y por tanto incluye aquello que sucederá en la tercera temporada, y que no desvelaré, aunque, como comentaré después, no existe una estricta fidelidad entre los cómics y la serie televisiva.
Robert Kirkman quería contar una historia de zombis en la que se plantearan situaciones en las que una típica película de zombis, como las de George Romero, no había profundizado. Los supervivientes no sabrían qué habría pasado para estar en esta pesadilla, y además deberían asumir que ciertos valores se derrumbaban para dar paso a unas nuevas reglas básicas que asegurasen la supervivencia.  Por tanto ésta es una historia de zombis sin final, pero donde los zombis son lo de menos, son la excusa para contar una historia en la que los protagonistas son el policía Rick, su mujer Lori, su hijo Carl, Shane (su amigo), Dale, Andrea, Glenn, Allen, Donna, Carol, Sophia, Hershel, Maggie, Tyreese, etc.
Lo que me gusta de la serie es que Rick asume el liderazgo del grupo con una misión: asegurar la supervivencia del grupo, y poner por encima del interés propio el interés general. No siempre van a salir las cosas bien, y de esto aprenderán que sus vidas son ahora mucho más cortas que antes (de ahí que veamos la ansiedad con la que se emparejan los protagonistas), que las decisiones se toman tan rápidamente que a veces no serán las correctas, que las leyes de la supervivencia se han impuesto a las antiguas leyes, que han sido redefinidas o adaptadas a la nueva realidad. 
Advierto que quien haya visto la serie televisiva encontrará ciertas variaciones en los cómics en cuanto a situaciones y personajes. Las líneas argumentales son las mismas y los personajes principales también, pero los cómics planteaban episodios que no se han visto reflejados en la serie de tv, y viceversa. Eso no hace a una historia mejor que la otra, para mí son dos propuestas igual de atrayentes. No hay fidelidad absoluta, pero no importa, porque se asume que los cómics son una cosa y la serie de tv otra. Y las dos propuestas las he disfrutado mucho. Es verdad que el cómic tiene más agilidad y movimiento que la serie, que es más pausada (al menos lo que hemos visto en la segunda temporada).
Por cierto, este volumen contiene unos extras: bocetos de algunas portadas y viñetas, bocetos de los personajes, la historieta original que Kirkman presentó a la editorial, y las portadas a color de los 24 primeros números comentadas por Kirkman y Moore.
Para acabar os dejo con una reflexión de Robert Kirkman:
"En Los muertos vivientes quiero explorar cómo la gente se enfrenta a situaciones extremas y cómo esos acontecimientos los cambian. Y va a durar. Vais a ver a Rick cambiar y madurar hasta el punto en que miraréis atrás y, al ver este libro, no podréis ni reconocerle".